EL REGRESO DEL REGRESO
Francisco de Asís Fernández
Los vientos a lo largo y lo ancho del lago, han llegado para quedarse en la Calzada y aliviar el febrero de treinta y cuatro grados centígrados a la sombra. Pero cómo enmudezco al mirar las montañas y la espesura de árboles a la izquierda y derecha del lago. De insistir oleadamente el gris las aguas se volvieron verdes. Digo yo. Decía yo. Decía antes. Diría: todos los niños de Granada llegaron al lago para arrastrarlo hasta el mar. ¿Pero qué razón le cabe a la Razón ante la llama de las jóvenes nicaragüenses que incendia la acera de las calles y te llama a seguirlas en la punta de la llama? Ligeras de cuerpo, ligeras de vestido, dejan en el aire cálido el olor de su transpiración. Desde un restorán con techos de hojas de palmera -sin puertas, sin ventanas- se oye un bolero mexicano que habla del sabor que deja el disfrute de los cuerpos.
Pero qué cosa más temblorosamente táctil es escribir muy lentamente versos en el cuerpo de una mujer. Sentados a la orilla, borrado todo pensamiento, caligrafío en los muslos de la muchacha centroamericana dos preguntas que leo en el cuaderno del aire.
La muchacha se levanta y el aire le da donaire. La niña que amores ha,/ sola ¿cómo dormirá?
Doy vuelta en círculo a la plazuela. Detrás de los faroles verdes se halla la estatua del explorador con la placa del hijo del tirano que a diario bebía sangre de los nicaragüenses como por décadas lo hizo el padre. Conquistador foráneo y déspota aborigen son la misma bestia pero vestida de oro. Custodian la plazuela y el lago los chilamates y los nudosos troncos parecen ahorcar el árbol. Los lisos troncos de las palmeras sirven más para mensajes de amor que para proteger del viento. La joven para sí misma dice: “Todo es pródigo en Nicaragua, no excluyendo la muerte”.
Desde el balcón del Hotel Darío miro techos de tejas coloradas, y detrás follajes y hierbas que hacen un bosque silvestre, y detrás las líneas sinuosas del Mombacho que ensaya a la luz del día figuras geométricas bajo la neblina azul.
¿Por qué en América Latina la niñez rota se vuelve las páginas de un libro que es difícil leer?
Aprisa. Aprisa.
Y pregunto: el que ha viajado sin reposo ¿sabe en verdad de dónde vino y adónde ir? ¿Alguien se enorgullece de haber llegado del país donde no fue nadie y donde nada encontró? Quizá sólo he escrito de hechos y personas que no he acabado de entender. Perdí los años de juventud llegando tarde a los hechos importantes. Tarde me di cuenta que las cosas de valor no lo eran tanto y que las preguntas sencillas guardan a veces más secretos que las grandes respuestas. A esta edad, cuando empieza el regreso del regreso, añoramos en duelo los placeres y dulzores de los años de lozanía y frescor. Pero cuántos escritores del ayer lejano dijeron que la madurez y la vejez dan más sabiduría, cuando es la época en que te vuelves torpe, ridículo, desatinado a veces, y dices con frecuencia lo que no querías decir, sin saber que sólo queda la resignación de un mañana próximo donde infancia y muerte se miran en un espejo doble que termina pareciendo una luz amarillenta.
Regreso al lago. Navego solo. La vida es como un lago en que navegas solo y donde azar o destino te llevan en la barca al sitio adonde no vas. Por más que he querido fugarme se me siguen abriendo dondequiera las heridas que creí cerradas.
El cielo arde, el agua hierve. Entre dos islotes vacila una llamarada y yo giro sobre mi cuerpo en la llama que negó el sol.
2007 |