Francisco de Asís Fernández
NOTAS SOBRE LITERATURA
Al inmenso poeta nacional Carlos Martínez Rivas, se le acercaron muchas personas jóvenes, pero también adultos, con muy distintos motivos: unos por mero snabismo, otros por escuchar su palabra subyugante, otros por aprender de su vasta cultura, otros por el prurito vanidoso de contar que eran sus amigos, otros porque les leyera sus poemas y les escribiera un prólogo, y otros, en fin, parque simplemente lo admiraban y querían.
Estos últimos -aquí y en otros países eran los más, y yo tuve la dicha de figurar entre ellos desde los tiempos formidables de Madrid, cuando se-manalmente íbamos a visitar a sus dos pequeños hijos al internado de Pino Sierra.
Sí, porque ciertamente para la mayoría era fácil y espontaneo admirar a CMR con su verbo deslumbrante y el magisterio de humanidad y sabiduría que transmitía a sus interlocutores, fuesen quienes fueran.
Fácil era pues, repito. admirarlo apenas se le conocía y se le escuchaba, pero al mismo tiempo se volvía muy difícil comprenderlo y quererlo, si no se era de los iniciados -jóvenes o adultos- en el duro arte de la creación literaria, pero aún dentro de este grupo de privilegiados también habían excepciones que preferían alejarse de su complejísimo mundo y de su relación física.
Estos, si así pudiera decirse, se contentaban con admirarlo a distancia, donde las saetas fulgurantes no los alcanzara.
Por lo tanto, hubo -pocos por cierto- quienes conocieron a plenitud al hombre y al enorme poeta que fue, otros que lo conocieron a medias tintas, y, los más, que ni siquiera llegaron a sospechar su grandeza literaria ni su majestuosa y compleja personalidad humana.
De esos pocos escogidos fue su amigo Francisco de Asís Fernández, Granadino como Carlos, y también poeta.
Comprueba este aserto, el último libro que acaba de publicar Francisco, “Arbol de la Vida”, que precisamente abre con hermosísimo poema dedicado en lo general a CMR.
Pero que en su canto III logra una encarnación extraordinariamente lúcida de lo que fue Carlos como hombre y como creador magistral de belleza:
“Este peregrino es un apóstol del evangelio del placer.
Y un profesional de la ingratitud
que no retiene cariños para la vejez...
Las prostitutas, sus amores, son las patrulleras del Toboso. Las presencias de las hembras, las ruteras de Rimbaud, Son las amigas de su soledad, la sangre de su tragedia...
Su ambición por la belleza carece de bordes y de límites y de escrúpulos...
Por eso este peregrino es un ángel desamparado...
Es una luz desparramada muriéndose íngrima.
Rodeado de las voces de la esquizofrenia
y de fantasmas embozados en el infierno de la memoria...
La libertad lo condujo a la soledad...
Viendo cosa que no ven los demás
y oyendo lo que nadie oye en sus cavernas de coral,
pasa toda la noche tratando de recordar el nombre
de su madre oxidado en su memoria...
Allí el largo y adusto velamen de la vida peregrina
entronado en un barco de papel en el mar a la deriva...
Todo lo que se puede esperar del paraíso se lo sirvió dentro de él...”
Ni más ni menos, como se ve, Chichí Fernández consigue con esos verses admirables hacer una certera radiografía espiritual de un ser humano profundamente excepcional, que a lo largo de su existencia cronológica vivió atormentado por la vida cotidiana que casi siempre se le presentó cruel y hosca, pero que al propio tiempo supo salvar, en un esfuerzo casi sobrehumano, el caudal de belleza interior que por tantos años regaló a sus amigos y al mundo.
Al mismo tiempo de reconocer -según mi inexperto criterio- que hasta hoy ningún otro poeta nicaragüense ha logrado un retrato tan fiel de CMR como lo ha hecho en su último poemario Francisco de Asís Fernández, también nos place advertir que con esta última obra Francisco ha alcanzado una alta madurez poética que seguramente sabrá completar en sus próximas producciones.
Podrán aparecer brillantes ensayos y estudios sobre la obra de CMR, pero hasta el momento nadie supera a ese extraordinario peregrino retratado tan magistralmente por Fernández.
Si es cierto que el amor redime, el autor de LIS colmó su copa con el mas grande de los amores: amarse hasta la laceración a sí mismo, y con ello, al mundo entero
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