El libro CRIMEN PERFECTO puede calificarse de excelente, aunque haya poemas menos fuertes que otros; éstos parecen estar hacia el final del libro, quizás porque la temática que engarza a todos los poemas superiores, concentrados más bien en la primera parte, es algo distinta que la del final. Esos últimos poemas, de claros recuerdos familiares, son ya agradables remansos de todo un periplo anterior donde el alma del poeta, más bien que la de Francisco de Asís Fernández Arellano, que sí aparece directamente en los últimos poemas, se busca, se encuentra, se recuerda y olvida en una procelosa concienciación. Aunque el núcleo de significación principal se explosiona hasta aquellos poemas: el yo del poeta se expande, meandriza, en la amazónica memoria de su mundo recordado, vivido y soñado aún, en continua recreación, como volcanizado por el miedo de que ese crimen perfecto pueda tener lugar en su propio corazón, sea su propio corazón el asesino de ese crimen perfecto: el olvido. Todos los poemas participan y viven de ese temblor sagrado, que es recuerdo y recreación permanente de una vida que se tiene y ya no se tiene, que se vivió y ya no es de uno, que es la única verdad que queda y ya no se reconoce: Hay una persona que vive en mi espejo /que se ha hecho con los momentos de mirarme,/ y parece contener, por su edad, el costado perverso de mis sueños./ Hace años era diferente. Y el tiempo lo ha hecho otro.
El desvarío que produce el desvanecimiento de las fuerzas vitales, de la fe ciega y luminosa en lo que fue la juventud, pura vida, un venado joven suelto en los riscos, pasa de la resignación y la tristeza a la conciencia de su nueva materia: el pensamiento: él compara su mundo lleno de reflexiones con el mío.
Y es esta conciencia la que lo lleva a una nueva luz: la riqueza de su soledad, en el recinto de clausura del yo meditabundo, quizás más yo que nunca, o nuevo yo, que desde la distancia desolada a lo vivido renace en su incesante reflexión de constantes iluminaciones, pasadizos secretos, de olvidados recuerdos y recuerdos de olvidos. Vive entonces los naufragios de su pasado y es la rabia de reconocer los pecios de ese pasado familiar e íntimo la que le empuja a atravesar el maldito infierno de la desolación para reconocerse o resucitarse en esta iluminación fundamental: la poesía prohíbe que un día se parezca a otro. El yo total, el de la conciencia de la deflagración de su pasado y el de la rabia iluminadora de la poesía, acampará por todos los poemas como un rey inviolable, rico en imágenes y metáforas, en visiones y figuras sorprendentes, en agudos contrastes de palabras e ideas, en un estilo hermosamente complejo y variadísimo, en la creación de una impresionante realidad poética que supera el olvido de lo que fue y el horror ante la muerte. Es una llama constante, el machete de su poesía, lo que le abre el camino en la selva de miedos, desilusiones y extravíos, hacia ese otro yo superior al que aún aspira y que inconsciente-consciente va construyendo o explayando, como un mar de lenguaje poderoso, reluciente, sonoro, que se recrea constante en la honda zozobra y en la revelante energía de su generoso acontecer: el poeta como salvador de sí mismo, la poesía como la superior y fiel realidad.
A veces parece dudar. Odiseo entonces sin ardides, el poeta, marinero ebrio, se embroca, se precipita, yendo de las angustias del vivir a la rabia de visiones y sueños para rechazar la prosa hedionda de lo obvio, la basura cotidiana-realista que embate su identidad. Pero en esa lucha, en el mar del poema, sabe clavar la estela de su odisea, el canto que destruye sirenas huecas y magias sin verdad. Ese canto es ya Itaca, la Itaca de las originales imágenes salvadoras: lleva el mar lleno de ballenas entre pecho y espaldas, la Itaca de la conciencia de cómo hay que navegar: recitando exámetros para aferrar la lucidez.
Ésta es tan fuerte en este poeta, tan ágil es su arte de crear y recrear, que incluso dentro de su juego puede al ponerse en duda inventar una “BORRACHERA DE MEDIANOCHE” donde coquetamente trastabilla con su identidad : un tanto animal y un tanto poeta… y añade no saber si ve las sombras que amenazan su lucidez fuera o dentro de él, qué quieren; las ve con incertidumbre, pero las reconoce como costas rocosas donde fue príncipe y mendigo intentando salvarse de pasiones muertas y asolaciones del pasado. Al no lograr domar sus sombras, la memoria, lo que le queda de identidad, se le aparece – sabio desenlace del juego poético – como un cimarrón en odres viejos y, en la vuelta de tuerca de su habilidad retórica y existencial, acepta todo aquello que vio incluso como basura: los malos amigos miserables, / las musas ineptas,/ los poetastros racionales y encantadores desnudos de virtudes. Para quien ve su verdad, su sabiduría poética, su identidad, y de paso su fuerza vital, amenazada por el terror de la torpe realidad, todos ellos son mejores que nada, son a pesar de todo los restos de su poema vital, el oro en la arena del tiempo inevitable, ese tiempo que llena la realidad cotidiana con más fusiles que palomas, que es lo mismo que decir con más mentiras que poemas.
Así en la duda real de su existencia el corazón del poeta se estremece, la otra realidad, no la del poema que salva, sino la que impresiona al poeta, la referencial sentida o verdadera – pero siempre irreal-real o viceversa – va adquiriendo dominios de grandeza, dominios de tristeza, donde el poeta yerra como lo hace un corresponsal de guerra en el campo de batalla de la desilusión a la busca de un viejo amigo, una razón que aclare su angustioso destino. Sólo que este angustiado es al final, porque lo es al principio, poeta, tan bueno, que se le ocurre resolver ése, y cualquier dilema, con esta fórmula genial: zurcir la verdad con la mentira en mi ropa vieja. Con eso, y para no apabullar demasiado, ya puede resumirle al lector su vieja sabiduría total, la huella carmín brillante que deja en su campo de batalla, el sabio secreto de un pájaro oculto: la belleza y el amor (lo mejor de la vida) son flores carnívoras / que se deshacen, juntan sus pedazos, se reproducen, / mueren y vuelven a nacer.
¿Cómo es posible entonces el CRIMEN PERFECTO del olvido?
Ese pájaro oculto, que pinta con el carmín del recuerdo, es el corazón. Su nido es el alma del poeta. Andrajosa la llama. Está hecha de recuerdos que ella misma o su pájaro, pues son inseparables, deshace cada noche, como sabia Penélope, (¡y esta no lleva cruz!) como alimento para el canto; el canto es el olvido; alimentado de recuerdos trenza y dispersa éstos en una nueva expresión, un nuevo velo más perfecto que el real y nunca perfecto. Así espera al eterno Ulises, el poeta mejor, que nunca acaba de llegar y cuando llega sólo quedan las huellas del crimen, los andrajos del mendigo, ése que ahora ha de tomar el arco del nuevo poema y eliminar con sus versos afilados todos los versos anteriores, todos los poemas anteriores, todos los poetas anteriores, hasta llegar al poema intemporal, perfecto, hecho solo y sólo de olvido.
Hacia él, Francisco de Asís Fernández Arellano nos muestra en maestría su camino perfecto.
José Luis Reina Palazón
Sevilla – Agosto – 2009
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