|
NO es la primera oportunidad que Francisco de Asís Fernández -compañero de armas literarias, deudo entrañable y hermano de toda una vida- nos convoca, a Alvaro Urtecho y a mí, para hablar de su yo, de esa energía controlada, sostenida y lúcida que es su pasión poética: la única prueba de su existencia terrenal.
El que carece de pasión carece de razón -decía el ensayista español José Bergamin-, aunque pueda tener razones, es decir, intereses profanes o prosaicos. Y aunque Francisco -como “El buscon” de Quevedo- ha sido promotor, como todo hombre menesteroso, de esos intereses lo que ha predominado en su talante es su talento. Mejor dicho: su inteligencia e intuición su optimismo y gracia juveniles.
Mas todavía, no he conocido a nadie entre mis coetáneos, que haya recibido al hipócoristico más fiel a su personalidad, a su inocencia de niño: Chichí. Hipócoristico, o sea abreviación afectuosa de nombre propio, en este caso de Asís, derivado de la pronunciación infantil- que lo identifica no sólo entre sus numerosos amigos, sino también en un ámbito mayor, casi a nivel nacional. E incluso ha repercutido en el orbe cristiano y musulmán, proyectando uno de los vocablos mas representativos de la lengua nicaragüense y su raíz nahua.
Pero el niño de hoy, vastago único de mi prima en segundo grado Rosita Arellano, era en los primeros años 60 -cuando compartimos la catapultante aventura de la rebeldía estética, bajo la dirección de su padre- el vivo ejemplo del artista adolescente. Entonces lo retraté como el poeta de los chico-bien y el chico-bien de los poetas, recitando en la radio y en el parque, dibujando desnudos y perfiles actuando en teatro y noticieros cinematográficos, zapateando mejor que un andaluz en las fiestas de la diz que aristocracia, planeando comedias musicales, arreglando la biblioteca paterna, leyendo a Leon Bloy y a Stanislawsky, hablando de arte en las galerías y salones de Managua.
Entonces Chichí no era Chichí, sino un frívolo adolescente que había cortejado a la hija del dueño de la compañía de perfumes mas famosa del mundo, a Honey y Telma, a Norma y Ester, a la canadiense Helen Wellis y a Elsa Soto peruana de 24 años: o había iniciado noviazgos -así lo proclamaba en la Granada de esa década memorable- con una de las biznietas de Cesanne la hija del marques Torcuato Luca de Tena y Rocío Durcal en México.
Allí, en 1968, publica a principios de cuentas, poemario revelador, síntesis y liquidación de su gozosa adolescencia, no exento de profundas penetraciones metafísicas. Luego, en busca de una temática social, da a luz La sangre constante (1974), poemario signado por el compromiso político y, ya en la siguiente década, reúne dos antologías. En el cambio de estaciones (1981) y Pasión de la memoria (1986).
Si en la primera es cohesionada por una línea testimonial, afín a su militancia revolucionaria, la segunda posee un hijo conductor: la glorificación del Sexo y del Amor, aparte de una reflexión sobre el deterioro y de la presencia de los fantasmas familiares. Entre ellos, desde luego, se impone su pater y mágico master Enrique Fernández Morales.
...como en una película echada a andar para atrás
te veo con mi hermanita Memema y conmigo sobre los hombros
corriendo por los cuatro corredores y sobre el canapé,
recitándonos a Lorca y a San Juan de la Cruz,
llorando con mi madre sobre el cuerpecito tibio aun,
(de la mas tierna de nosotros,
rodeado, como si fuera tu propía carne abundante, de
(manuscritos, libros y pinturas,
y vistiendo imágenes antiguas en el camerin:
En Caña de Castilla construyendo la Ermita, desenterrando
(ídolos
y como un Cruzado de Cristo bautizando:
loco apasionado padre, derrumbado las veces que nos
(separamos,
entre la santidad y el demonio,
en tu cama de Faraón y en tu hamaca sin un solo centavo
(exsocio del Mombacho
y cantando boleros con los poetas mas bolos de la historia.
He aquí los antecedentes de la voz ya plenamente madura y perdurable (Francisco de Asís Fernández, el mejor poeta de los “bandoleros” granadino que 35 años después de nuestro primer encuentro presenta en sociedad su Friso de la poesía, el amor y la muerte, ilustrado por el maestro Orlado Sobalvarro. Uno de los grandes poemas extensos de nuestra literatura, mantiene un solo aliento: de índole unitaria y celebratoria, carnal y cósmica, constituye una verdadera suma de su autor, aristósofo del binomio cuerpo alma, sin huir del todo de la realidad inmediata.
en esta tierra etérea del desencanto
toda verdad es Quimera:
el sueño encuentra puñal en la cuenca de la mano,
la política es estéril,
seca el pozo dulce de la fecundidad,
de las plantas y de los animales,
destroza entre sus dedos la mística
del amor del hombre y la mujer,
hace tiranos y ladrones.
Y es que en Francisco de Asís: Chichí, queda un rescoldo que clama y reclama la paz y la democracia y el progreso para nuestra patria -como lo explica en la dedicatoria de su Friso: herencia que comparte con sus hermanos, entre ellos Alvaro y yo.
En otra ocasión, cuando conmemorábamos en Rivas su medio siglo de vida, me remonte a los antepasados suyos y míos y de Urtecho -unidos por sangre y el afán civilizador- que fundaron la república.
Pero nada mejor hoy, para concluir este perfil, que citar integro su poema “Arellanos”. -dedicado a mi, naturalmente- que data de los memorables años 60.
He reunido, para mejor
acomodarme en la vida,
los vicios y virtudes
de una antigua familia.
El árbol ha dado frutos.
Mis parientes han visto
reflejados en la suavidad de mi rostro
unas cuantas líneas duras
que un intenso amor
apenas disimula
e innumerables pecados capitales
y no deslices en tierna almohada
que fáciles escapadas se procuran:
sino fuerza de tierra,
viento, mar,
golondrinas
que han de llevar agua a mis ojos
para extraerlos más fácilmente.
De mi padre he conservado
unas pinturas y libros
y la claridad con que escribo esta
(página.

|