Obras Paralelas: “La entrega de los dones” de Jorge Eduardo Arellano y “Celebración de la Inocencia” de Francisco de Asís Fernández

 

Uno de los legados del sandinismo es la “compartimentación” de la cultura (reflejo del modus operandi del Frente). En 1980, con la fundación de El Nuevo Diario (pro sandinista) y su suplemento literario, Nuevo Amanecer Cultural (NAC), se creó un nuevo campo ideológico-literario, hostil al liderado por Pablo Antonio Cuadra desde La Prensa Literaria (de orientación católica y pluralista). Posteriormente, Ventana, suplemento del Diario Barricada (órgano del FSLN), estableció otra trinchera cultural, que desafió la hegemonía de la dirigida, bajo el mismo signo ideológico, por Ernesto Cardenal desde el Ministerio de Cultura.

En los años 60 y 70 era fácil seguir el desarrollo de la poesía nacional debido a que todos los escritores publicaban en “la Literaria”. Estos y las personas interesadas en literatura leían la Literaria y las publicaciones aledañas a la misma, como El Pez y la Serpiente (revista fundada en 1961), además de las revistas universitarias'(Ventana, Taller, Cuadernos Universitarios), todo lo cual formaba un universo cultural unificado. Novedades Cultural ejercía poca influencia, dada la tónica antisomocista imperante en la cultura de la época.

 

En la actualidad contamos con tres suplementos literarios (Artes y Letras, NAC y la Literaria), la revista El Pez y la Serpiente y otras de más reciente aparición, como Decenio y 400 Elefantes, órgano de los poetas más jóvenes. Lamentablemente, la comprartimentación se ha convertido en un modus vivendi. Podemos decir que los poetas (como solía decirse de los esposos fieles) “sólo leen en su libro”, es decir, leen exclusivamente el suplemento y las revistas pertenecientes al campo donde militan. La proliferación de publicaciones (algo de sí positivo), producto de divisiones no siempre ideológicas, más que un enriquecimiento ha representado una “fragmentación” de la cultura.

Esto dificulta el que se pueda tener una visión global de la obra de los poetas activos. Este problema lo resuelven las antologías que: abarcan la (casi) totalidad de la obra de un autor, muchas de las cuales han visto la luz en los últimos meses. Dos que me han impresionado por su extraordinaria calidad son la tercera edición (actualizada) de “La entrega de los dones”, de Jorge Eduardo Arellano (1945), y “Celebración de la inocencia”, de Francisco de Asís Fernández (1946).

Escribo sobre estas dos antologías en un mismo artículo, debido a las muchas coincidencias que encontramos en la vida y en la obra de sus respectivos autores. Ambos nacieron en Granada, donde formaron parte del grupo “Los bandoleros” (63), uno de los núcleos de agrupamiento de la generación del 60 (o neovanguardia); y han sido víctimas de una tendencia en los antólogos de incluir de los poetas de esa generación, únicamente poemas de juventud (algunos influenciados por los Epigramas de Ernesto Cardenal, influencia tan generalizada que se podría reunir una colección de poemas de la época, titulándola, “Epigramas que se le olvidaron a Cardenal”).

En el caso de Arellano, su “O quam te memorem virgo”, emblemático de los años embrionarios de su generación (“Esta tarde he vuelto a la muchacha de mis dieciséis años...”), ha sido su poema de rigor en las antologías. Igual pasa con poemas de juventud de Fernández, como “Mi Primo Chale” o “La calle Sacramento”. Curiosamente, su poema incluido en la antología de poesía joven publicada en el Pez y la Serpiente No.3 (marzo de 1962), “Biografía de Honey”, ha sido ignorado en antologías posteriores, a pesar de tratarse de un extraordinario despliegue de imágenes y colores que el poeta remata hábilmente con dos versos en los que hace una aparición “cameo”: “Y yo me convierto en nubes y mi guitarra en la luna / para cantarle con suavidad esta canción”. “Celebración...” rescata el poema, identificando, para la posteridad, a quien lo inspiró: Honey Barquero.

Ernesto Cardenal en su antología “Flor y canto” (1998) afirma, en su nota sobre Fernández, que “algunos de sus poemas juveniles son los mejores que él ha hecho”. Afirmación que “Celebración...,” contradice, dada la madurez y complejidad técnica de los poemas posteriores de su autor; lo que también revela la antología de Arellano. En el caso de éste, su incansable labor como erudito, historiador; investigador, catedrático, académico de la lengua y crítico de arte, ha empeñado un poco la percepción de su extensa obra poética.

Las dos antologías sorprenden al lector por su variedad de temas, comunes en ambas. No faltan los poemas revolucionarios que bordean peligrosamente los límites de lo panfletario, producto del momento histórico por el que pasaba el país (ningún poeta de la generación del 60 se libró de esa influencia, con la excepción de Julio Cabrales); la historia y la geografía patria a través de sus personajes y ciudades (sobre todo la Granada natal); los epigramas (los de Arellano dedicados a Carlos Martínez Rivas y José Coronel Urtecho son particularmente punzantes); la muerte (los “Dos testimonios contra la muerte” de Arellano y el “Ars Moriendi Parte II” de Fernández, se cuentan entre los mejores poemas nicaragüenses sobre el tema, junto con “El triunfo de la muerte” de Horacio Peña y “Un día uno se muere” de Octavio Robleto); la amistad, el amor (ojo con “La estrella solitaria” en “La entrega...”; y “Para la maga” en “Celebración...”), y dos temas de los que nos ocuparemos a continuación: la familia y Rubén Darío.

En una reciente entrega de premios del Centro Nicaragüense de Escritores, fueron señalados como los tres grandes cantores de la vida doméstica en Nicaragua, José Coronel Urtecho, José Cuadra Vega y Luis Rocha (“Domus Anrea”). Pero pocos poetas en nuestra literatura se han ocupado con tanto ahínco del entorno familiar (campo en el que descolló el mexicano Juan de Dios Peza; poco cultivado en nuestra literatura durante la primera mitad del siglo XX, debido a la influencia subconsciente de Darío, quien no tuvo vida familiar convencional) como los dos que ahora nos ocupan. Abundan en sus respectivos poemarios, cantos a la esposa, a los hijos, al hogar, a los padres, a los hermanos... Y muchos de los mejores poemas de ambos, pertenecen a este género.

“Reino de Zalteva”, dedicado a Gloria Marimelda Blanca Fernanda, hija del autor, es el mejor poema de “Celebración...”. En él se mezclan la fauna, la historia y la mitología, con gran riqueza imaginativa y dominio del lenguaje, y se advierte La influencia de PAC (“Allí está Ulises, navegando el Cocibolca y el desaguadero...”). El ámbito familiar adquiere dimensiones cósmicas. (Por estar Francisco de Asís casado con una poeta, Gloria Gabuardi, su vida conyugal es cantada a dos voces; fenómeno que se esta repitiendo con la pareja de poetas jóvenes formada por Isolda Hurtado y Fernando Antonio Silva).

En “La entrega...” encontramos un poema de gran hondura, titulado “Letanía contra el abandono”, obra de un nicaragüense que creció y maduró dentro de una generación marcada por el divorcio (influencia de la contracultura hippy y la filosofía marxista, con su desprecio por el núcleo familiar como factor de desarrollo social) y el exilio (provocado por la implantación de un sistema leninista que estuvo lejos de colmar las expectativas democráticas de la mayoría de los nicaragüenses). Jorge Eduardo pide a sus amigos que nunca lo dejen abandonar su casa (“las sombras acariciantes de mi jardín”), su tribu, su mujer (“hija del sol”), sus hijos, su tierra (“mi estirpe de volcanes”), su alma...

Con respecto a Darío, Fernández escribió un poema titulado “A Rubén”, que nació encabalgado en la famosa "Oda a Rubén Dario” de José Coronel Urtecho, la cual, en 1927 fue como un pistoletazo en una sala de conciertos (“Rubén paisano inevitable, te saludo con mi bombín que se comieron los ratones en mil novecientos veinticinco. Amén”) Marcó el rompimiento de la Vanguardia, no con Darío, sino con la influencia demasiado servil que había ejercido en su contemporáneos y en la mayoría de los poetas surgidos después de su muerte. Rompimiento que fue necesario para que la poesía nicaragüense no se estancara bajo la gran sombra de Darío (como la poesía española se estancó, desde la muerte de Góngora hasta la publicación de “Azul...”, por la gran sombra del Siglo de Oro).

En “A Rubén”, su autor retomó para Darío el mote de “paisano inevitable”, pero da un viraje que representó, en su momento, la reconciliación de los poetas del 60 con el príncipe de las letras castellanas: “Te amamos porque en lo íntimo de la noche callada / te abrías la levita constelada de bisutería y piedras falsas / y mostrabas bañado en roja sangre / un trozo de carne palpitante / que era el propio corazón de Nicaragua”. (Entreambos poemas hay uno menos logrado de Manolo Cuadra).

Pero es Arellano quien cierra este ciclo rubendariano con un sorprendente poema titulado “Darío en la gran Cosmopolis”; poema intertextual, de gran extensión (estructurado como un edificio) que supera la polémica anterior para darno una visión dramática de nuestra máxima figura literaria, fusionando su vida, su obra y su significación social, en un mismo discurso poético.

Ambientado en la Babel de Hierro (durante la visita de Darío a EE.UU. en 1914; “La gran Cosmópolis” es el titulo del poema que Darío escribió en esa ocasión), “Darío...” evoca el poemario, “Poeta en Nueva York” (1940), de Federico García Lorca, y aunque carece de la audacia surrealista de las imágenes de ese libro, Arellano aprovecha la experiencia de más de 75 años de vanguardismo, para darnos un poema mejor resuelto dentro de su complejidad estructura que los que componen el poemario neoyorquino de García Lorca (con esto no insinúo que Jorge Eduardo sea mejor poeta que el genio de Fuente Vaqueros, cuyas mejores producciones líricas se encuentran en su “Romancero Gitano por más admirable que resulte el que un poeta de raíces tradicionalistas se haya podido introducir con tanta soltura dentro de las corrientes mas innovadoras del siglo XX. Valga esta aclaración por aquello que decía Carnegie de que “Todo lo que puede ser mal interpretado, será mal interpretado”).

En su trato personal, Francisco de Asís Fernández (Chichí para sus amigos) sigue siendo el muchacho de buen corazón, sonriente y despreocupado, de sus años mozos. Es difícil advertir en él la madurez y la profundidad que revelan los poemas de “Celebración de la Inocencia”. En la personalidad de Jorge Eduardo Arellano, sale el erudito, el catedrático regañón que hace callar al alumno que se empeña en interrumpirlo. No siempre deja ver al escritor melancólico, de gran sensibilidad poética y humana, que descubrimos en “La entrega de los dones”. He tenido el placer (y el honor) de ser amigo de ambos desde hace muchos años, lo que no ha influido para nada en mi juicio sobre los dos libros que acabo de comentar.