EN EL ACTO DE PRESENTACIÓN DE “CELEBRACIÓN DE LA INOCENCIA” DEL POETA FRANCISCO DE ASÍS FERNÁNDEZ POR FANOR TELLEZ

 

Francisco de Asís Fernández, dentro del marco mágico de la domus y de la ciudad de su infancia, es decir, al influjo creador de las tradiciones de la sangre y de la historia, tuvo el espacio propicio, acaso el mejor para su naturaleza de poeta. Una casa con piano y arpegios de guitarra, pinturas y dibujos y manuscritos, iconos, Imaginería tanta como fotos de las vertientes familiares, libros y camas de bronce y un patio encantado. Una ciudad que había sido capital de la Vanguardia y escenario germinal de generaciones subsiguientes, la de Enrique Fernández, su padre, la de C.M.R., E.M.S. y E.C., la de Fernando Silva. Una ciudad con resonancias de armaduras y chirrido de puertas de zaguanes de patricios y un mar interior que Pablo Antonio Cuadra agitaba y recreaba de mito y aventura como un homérida lacustre. Una ciudad donde al llegar los años sesenta, De Asís se expresó precoz y despreocupadamente conforme a la divertida manera de su juventud como fundador, entre otros, del grupo Bandoleros de Granada. Y las nuevas formas de un informalismo poético le fueron tan naturales como encender un Esfinge después del pancake y el café del desayuno. Para entonces usaba un gran copete, mocasines color vino, calcetines blancos y pantalones rifle brincacharcos. Solía practicar con su primo Chale el oficio de motociclista y había sido Merlín, el mago, en poemas para una muchacha llamada Honey y también vocero oficial de su amor por Michelle Filleau. Luego fue cantante de baladas rock en locales de México D.F. donde Enrique Guzmán y Rocío Durcal hacían sus presentaciones. Después fue conspirador y teórico político militar de la utopía, sueño antiguo y adictivo desde la Civitas Dei de Agustín de Hipona, atravesando por Thomas More y Marx hasta Aldous Huxley y su mundo feliz y le pasó lo que le pasa a todo poeta que se mete a político: dormir con su sueño y levantarse viudo, como dice de El Solitario Mejía Sánchez. Para él es como si existiera establecida La República de Platón y anduviera fuera de los muros de la ciudad. Su destino es ser ex millonario por parte de padre y desempleado por quienes se solazan "en el odio a la sacra poesía" (Rubén sabía)y así poseído por el ocio, lo sobrelleva con dignidad heterogénea de coleccionista de cuadros y guitarras viejas, de encendedores, de relojes y plumas fuentes, mientras diseña su futuro de Midas y César, precisamente cuando parece un adepto de Rousseau o Descartes. Sin embargo su destino de ser hijo de poeta, esposo de poeta y sobrino nieto de santa, lo ha llevado a las disímiles fundaciones y administraciones de un museo y un lejano desaparecido restaurante de comida mexicana, el primero con sensualidad de sobador de antigüedades y el segundo con reposo de fumador de pipeta, que incansablemente deposita colillas en grandes ceniceros de piedra. Y hay algo emocionante en este temperamento, que se deprime si el bar doméstico tiene memos de dos galones de vodka o de una caja de whisky, pues perseguido por fantasmas de sus antepasados inquiriéndole sobre herencias esfumadas, la elegante ebriedad lo acoraza contra paradojas de la existencia. No obstante, en medio de su azarosa vida de empresario en permanente liquidación y de asesor político cuyo natural proclive a lo maravilloso lo convierte en individuo de alta peligrosidad, la poesía, esa joya, su real herencia, es el único bien productivo que conserva y para su fortuna, lo mantiene fresco, bañado en Jean Marie Fariñas practicando el dandysmo, y ahora lo pone ante nosotros en una operación whitmaniana y kabalística en el sentido de la repetición del ternario, cifra que esplende en todo el firmamento y que es también la triunidad originadora del cosmos de conformidad con ese pensamiento, pues De Asís nos da una tercera recolección de sus obras completas reafirmando o confirmando su capacidad creadora. La primera, En el cambio de Estaciones (1981), contenía A Principio de Cuentas y La Sangre Constante, más nuevos poemas; la segunda, Pasión de la Memoria (1986), todos sus libros anteriores y composiciones que justifican ese título, y ahora en Celebración de la Inocencia (2001), integra Friso de la Poesía, el amor y la muerte, El Arbol de la Vida y la producción reciente, en un corpus poético reorganizado, que siendo el que era, es paradójicamente otro, de modo que conserva la unidad primordial y expresa la pluralidad de cifras que ha originado en la progresión, cambios o mutaciones, de su escritura artística, hasta los últimos textos marcados por la madurez y el tono sapiencial, la penetración en lo hondo y la revelación de lo misterioso, imaginario o cotidiano. El asombro habitual y la palabra en gravedad ceremoniosa. He aquí la magia de la metamorfosis, ser siempre uno y muchos. Cada vez nuevo y el mismo celebrante de la inocencia.

Managua, 3 de mayo para el 10 de mayo del 2001