Celebración de la Inocencia (1962-2000)

son las obras completas de Francisco de Asís (Granada, 3 de mayo de 1945), poeta de la generación de los años sesenta, que confirma la vigencia y plenitud creadora de esa generación y configura su ars poética, signada por una constante voluntad de cambios formales y visiones, procurando para el lector el reencuentro con un De Asís vario y unitario en la inconfundible modulación de su voz y sello personal, o lo que es lo mismo, con su rostro escritural y su espíritu libre y experimentador. Esta escritura traza su contextura poética, desde la inolvidable expresión mágica de Biografía de Honey y la frescura desenfadada de los textos juveniles de grato humor y temperamento irreverente, desde sus cantos cívicos comprometidos con una compresión transformadora del mundo, desde la vocación amorosa y el abordaje del espacio familiar, local y nacional cuya recurrencia adquiere hondura en el despliegue de su grafía, y carácter celebratorio de identidad, hasta alcanzar los poemas últimos —que son los primeros— de las secciones Bengalas a la Obscuridad de la Noche, Arbol de la Vida, y Friso de la Poesía el Amor y la Muerte, etapa poética donde se entrecruzan la intuición y la reflexión, la brotación imaginaria y la estructuración del texto bajo impulsos emotivos: y supralógicos, la gravedad y la expresión delirante, la sentencia poética y la imagen en una aura o ambiente universal, trascendente y misterioso, a ratos de tono oracular y revelador o de suntuosidad verbal, pero siempre ligado a la condición de la existencia ya hedonista, ya dolida. La Inocencia es así el entrañable espacio de la poesía, el punto original que se conserva o genera en la escritura como la realidad y la vida donde queremos mantenernos para ser felices y en celebración permanente. La inocencia es la fisonomía del origen su equivalente, el cuerpo del poema, el signo articulado de la obra.

 

 

EN EL ACTO DE PRESENTACIÓN DE “CELEBRACIÓN DE LA INOCENCIA” DEL POETA FRANCISCO DE ASÍS FERNÁNDEZ POR FANOR TELLEZ

 

Francisco de Asís Fernández, dentro del marco mágico de la domus y de la ciudad de su infancia, es decir, al influjo creador de las tradiciones de la sangre y de la historia, tuvo el espacio propicio, acaso el mejor para su naturaleza de poeta. Una casa con piano y arpegios de guitarra, pinturas y dibujos y manuscritos, iconos, Imaginería tanta como fotos de las vertientes familiares, libros y camas de bronce y un patio encantado. Una ciudad que había sido capital de la Vanguardia y escenario germinal de generaciones subsiguientes, la de Enrique Fernández, su padre, la de C.M.R., E.M.S. y E.C., la de Fernando Silva. Una ciudad con resonancias de armaduras y chirrido de puertas de zaguanes de patricios y un mar interior que Pablo Antonio Cuadra agitaba y recreaba de mito y aventura como un homérida lacustre. Una ciudad donde al llegar los años sesenta, De Asís se expresó precoz y despreocupadamente conforme a la divertida manera de su juventud como fundador, entre otros, del grupo Bandoleros de Granada. Y las nuevas formas de un informalismo poético le fueron tan naturales como encender un Esfinge después del pancake y el café del desayuno. Para entonces usaba un gran copete, mocasines color vino, calcetines blancos y pantalones rifle brincacharcos. Solía practicar con su primo Chale el oficio de motociclista y había sido Merlín, el mago, en poemas para una muchacha llamada Honey y también vocero oficial de su amor por Michelle Filleau. Luego fue cantante de baladas rock en locales de México D.F. donde Enrique Guzmán y Rocío Durcal hacían sus presentaciones. Después fue conspirador y teórico político militar de la utopía, sueño antiguo y adictivo desde la Civitas Dei de Agustín de Hipona, atravesando por Thomas More y Marx hasta Aldous Huxley y su mundo feliz y le pasó lo que le pasa a todo poeta que se mete a político: dormir con su sueño y levantarse viudo, como dice de El Solitario Mejía Sánchez. Para él es como si existiera establecida La República de Platón y anduviera fuera de los muros de la ciudad. Su destino es ser ex millonario por parte de padre y desempleado por quienes se solazan "en el odio a la sacra poesía" (Rubén sabía)y así poseído por el ocio, lo sobrelleva con dignidad heterogénea de coleccionista de cuadros y guitarras viejas, de encendedores, de relojes y plumas fuentes, mientras diseña su futuro de Midas y César, precisamente cuando parece un adepto de Rousseau o Descartes. Sin embargo su destino de ser hijo de poeta, esposo de poeta y sobrino nieto de santa, lo ha llevado a las disímiles fundaciones y administraciones de un museo y un lejano desaparecido restaurante de comida mexicana, el primero con sensualidad de sobador de antigüedades y el segundo con reposo de fumador de pipeta, que incansablemente deposita colillas en grandes ceniceros de piedra. Y hay algo emocionante en este temperamento, que se deprime si el bar doméstico tiene memos de dos galones de vodka o de una caja de whisky, pues perseguido por fantasmas de sus antepasados inquiriéndole sobre herencias esfumadas, la elegante ebriedad lo acoraza contra paradojas de la existencia. No obstante, en medio de su azarosa vida de empresario en permanente liquidación y de asesor político cuyo natural proclive a lo maravilloso lo convierte en individuo de alta peligrosidad, la poesía, esa joya, su real herencia, es el único bien productivo que conserva y para su fortuna, lo mantiene fresco, bañado en Jean Marie Fariñas practicando el dandysmo, y ahora lo pone ante nosotros en una operación whitmaniana y kabalística en el sentido de la repetición del ternario, cifra que esplende en todo el firmamento y que es también la triunidad originadora del cosmos de conformidad con ese pensamiento, pues De Asís nos da una tercera recolección de sus obras completas reafirmando o confirmando su capacidad creadora. La primera, En el cambio de Estaciones (1981), contenía A Principio de Cuentas y La Sangre Constante, más nuevos poemas; la segunda, Pasión de la Memoria (1986), todos sus libros anteriores y composiciones que justifican ese título, y ahora en Celebración de la Inocencia (2001), integra Friso de la Poesía, el amor y la muerte, El Arbol de la Vida y la producción reciente, en un corpus poético reorganizado, que siendo el que era, es paradójicamente otro, de modo que conserva la unidad primordial y expresa la pluralidad de cifras que ha originado en la progresión, cambios o mutaciones, de su escritura artística, hasta los últimos textos marcados por la madurez y el tono sapiencial, la penetración en lo hondo y la revelación de lo misterioso, imaginario o cotidiano. El asombro habitual y la palabra en gravedad ceremoniosa. He aquí la magia de la metamorfosis, ser siempre uno y muchos. Cada vez nuevo y el mismo celebrante de la inocencia.

Managua, 3 de mayo para el 10 de mayo del 2001

 

 

FRANCISCO DE ASÍS FERNANDEZ: BUSQUEDA Y CONSTRUCCIÓN DE UN MUNDO FELIZ

Hay poemas iniciales, que cuando uno los ve venir les cree, porque son textos bien acabados en su artesanía, con voz propia, y lenguaje, se diría como de un poeta hecho, diestro y grácil. Son también, apertura y muestra, el diseño de la totalidad de un discurso, que seguirá después de ellos como una sangre constante. Estos poemas contienen, predicen, describen, muestran e inventan lo que de algún modo será el continuum verbal de los poetas que los escriben. Proyecto y proyección, dicción y predicción, por los cuatro costados que se les mire, pero sólo válidos y veraces, en esta dirección, hasta que el discurso que predicen o proyectan en buena parte se ha dado y muestra los rasgos, líneas y propuestas formalizadas en su escritura.

Por ello mismo se muestran como poemas fundamentales o fundacionales de un alfabeto, signos que pueden funcionar como marcos visionarios y como instrumentos para penetrar el sentido, o explicarse uno como lector, los poemas subsiguientes, o los libros, o el conjunto de la obra de un poeta. De manera que pueden ir siendo el correlato idóneo comparativo, respecto del cual los acercamientos o las distancias de otros textos, nos proporcionen un conocimiento certero del proceso de formación de esa poesía. Parece cosa exagerada, pero existen, así como las posibilidades señaladas.

Los poemas que aludo son el Alfa y la Omega de un verbo -que es un mundo- propio. Dicen el fin hacia donde se dirige y a su vez sugieren o detallan entre ambos extremos los rasgos de los actos de habla que serán cada poema hasta el otro cabo, o lo que es lo mismo, el despliegue de aquel mundo.

Hay pues, algo misterioso y sin embargo revelado en todo esto, porque este desenvolvimiento de signos ofrece la sorpresa de la contradicción, de la divergencia, del distanciamiento y la ruptura con su inicial orientación, y es aquí donde la lectura lúdica de esos textos debe ceder paso al desciframiento y al desconcierto, a la observación detenida para reconocer las constantes que van tejiendo esta alfombra voladora de la poesía, en todas las unidades que se integran a posteriori como obra o logos del autor.

En los años 60 leí un poema, que era de esta clase de poemas. Mi actitud ante él en aquel entonces fue de un complacido deslumbramiento y también de gozo ignorante, pues no sabía ni necesitaba saber nada, sino mi propia admiración ante el dinámico poderío de una imaginación enamorada para entrar en la atmósfera de aquel poema, y sentirlo como aún ahora uno de los mejores poemas escritos en toda esa década por un poeta de esa generación llamada de los sesenta.

“Biografía de Honey”, precisamente el poema que abre A Principios de Cuentas (1968), primer libro de Francisco de Asís Fernández, en aquellos días era el poema solo y un poeta adolescente, mal acompañado de bandoleros, y este libro todavía no existían ni La Sangre Constante (1974) ni En el Cambio de Estaciones (1981). Era nada más el poema “Biografía de Honey”, como sigue siendo ahora, con la diferencia de que todos estos libros incluyendo sus recientes “Ars poética” y “Ars amandi”, son el continuum discursivo que no puede pasársela sin la “Biografía”, que les da en cierta forma un sentido, y éstos a su vez completan las diversas connotaciones de aquélla, sus contenidos y su aventura verbal, ya no digamos la confirmación de un don poético pródigo, de singular gentileza y bonhomía, sostenido con entusiasmo y largueza, desde sus ardorosos 17 hasta sus hoy gratos cincuenta años.

“Biografía de Honey” desplegaba entonces como ahora una concepción del cuerpo como realidad mágica muy origiinal.

Por una parte el cuerpo humano, identificado con el cuerpo femenino, es presentado de tal modo que adquiere las dimensiones de lo maravilloso. Magia y maravilla se confunden, no porque la una produzca a la otra, sino porque lo mágico es y aparece maravilloso. Pero también esta categoría, lo mágico-maravilloso, como instrumento verbal dinamiza y denota un espacio de señales o formas de la belleza, que tienen como centro a Honey, cuerpo de la mujer, origen o causa de cuanto embellece el cosmos del poema, no solo en la diversidad de imágenes que constituye, sino en los sucesos que significa, porque hay en el poema una causalidad y por una causa concreta, el cuerpo de Honey. Es decir, el cuerpo entendido como vara de virtud, como poder transformador de la realidad, pero también como celebración permanente de la vida.

Por otra parte la corporeidad del universo a través de sus fenómenos. A su vez la mañana, el mediodía, el crépusculo, la noche, se expresan mágicamente en la forma de otras vidas, y los elementos aparecen imantados por el poder de la magia y también transformados, y el hablante mismo, el poeta mago en ejercicio de su propia arte, hecho otro. Esta corporeidad del universo actúa dentro de la ley de la correspondencia respecto de la corporeidad mágica de Honey, puesto que cada suceso es, por decirlo así respondido con transformaciones deslumbradoras.

El texto es un hervidero de mutaciones, que se operan como sucesos habitual de la maravilla, pero un signo verbal destellante para la realidad ordinaria del lector. El cuerpo de Honey se transforma porque a su roce se transforma, por ejemplo, la mañana, pero cada cambio celebra al otro correspondiéndole, hasta ser muchas cosas y la posibilidad de ser cualquiera, borrando las cerradas individualidades para entrar en la admirable realidad de la comunión o de la identidad de cada ser con el todo y viceversa. Así a la ley de la casualidad se junta la magia por simpatía, generando una lógica de lo portentoso. Cada transformación es amable con y como la subsiguiente y todas logran entrelazar una fiesta encantada. Cuanto se acerca el cuerpo mismo opera como en una alquimia la transformación del cantor, de su instrumento y de su canto, es decir, del lenguaje, cuando metáfora tras metáfora enlaza realidades distantes, las acerca, las hace entrar en frotación, para darnos otro cuerpo, el verbal y en él un mundo armonioso y sonoro lleno de sorpresas. El poema no es la especulación o el descubrimiento contemplativo de la magia sino su uso, su eficaz ejercicio operativo, que suscita un cosmos de apretadas significaciones y logra para sí -magia blanca, magia amorosa- cuajar la imagen de un mundo feliz.

Se me olvido que el texto de Francisco de Asís es una biografía. Aunque no inaugura la cadena de los poema-biografía en nuestra poesía nicaragüense, es una biografía sui generis, muy distante por ejemplo de la cronológicamente posterior “Pequeña Biografía de mi Mujer” de José Coronel, ese largo aliento hacia la madurez, hacia la ardiente paz como cantó Joaquín Pasos, y aún más distante del cronológicamente anterior poema de Ernesto Cardenal sobre William Walker, indagación de la historia, o de Don Pío Castillo de la Llana de Luis Alberto Cabrales, escudriñamiento del linaje y su entrelazamiento con la esencia social, histórica y estructural de la vida nicaragüense. Así mismo sin ninguna posible relación con las biografías indirectas a partir de ese género son una nación como lo hace en Spoon River Edgar Lee Masters. La de Honey es otro aliento, el de la adolescencia, ese momento en que todavía estamos cerca del origen, o del alba como un aura, no desgastados por el entorno del tiempo ordinario, de que habla Mircela Eliade.

Biografía prematura, pre madura, antes de toda vida por vivir, imaginario puro y emoción productora de prodigios. Visión que es invención simultanea con unos pocos datos de una realidad doméstica (cama, almohadones, baño) o de un entorno local, abstraída de cualquier otra cosa de la vida tocada de tiempo o de historia, porque, sobre todo, esta biografía es una paradoja para contradecir al tiempo mediante el procedimiento de consumirlo, cada vez enfrentándolo con una realidad otra que no tiene, por decirlo así, tiempo para el deterioro ni la muerte, sino para el ejercicio de la gratuidad de las formas de la vida.

“Biografía de Honey”, es el desarrollo de un día -mañana, mediodía, crepúsculo, noche-, que suceden siendo súbito de distinto modo, la mañana es un canario, pero no deja de ser ese momento. Es un día que le hizo De Asís a Honey para siempre, pero que es, ¿quién lo puede negar?, un día de la vida de Honey, que parece querer significar toda la vida de Honey. Un día forjado como un trozo de sueño, intemporal, en donde la ilusión de tiempo sólo acentúa su naturaleza perdurable. Día en que el juego de las correspondencias, o metáforas absolutas, agotan esta idea de tiempo o de momentos hasta diluirlos, a pesar de que esos momentos son las vértebras que estructuran el poema, como se estructura una ilusión, que se hace real o realidad intemporal no inmóvil o productiva sino actividad creadora, que se perfecciona con el canto. Es decir, en el cuerpo verbal que es el poema.

La denotación más inmediata de esta paradoja de un tiempo intemporal, siempre nuevo, contra el tiempo común, y por extensión la historia o la biografía, pareciera ser la afirmación de la frescura de la belleza, ya en la corporeidad del universo, ya en la corporeidad de Honey, que vienen de ser sus signos de expresión. No belleza congelada, sino belleza viva, palpitante, fresca, sin deterioro; ni belleza indiferente, adusta, sino agitada por el amor que la celebra. Este poema, Si alguna genealogía ha de tener, yo diría que es hijo directo del poema “La anciana”, joya mágica de las “Anaforas de Epicuro” de Prosas Profanas de Darío, donde la anciana se transforma en Hada y ésta a una rosa seca en mariposa, venciendo al tiempo y a la muerte. La “Biografía de Honey”, es una antibiografía, pero también un camino para salvar, al menos en la escritura, lo que nos produce gozo porque es bello.

Esta visión de Francisco de asís, la de un universo feliz, armonioso, activo y sorprendente, sin el rasgo de la culpa, o bien, sin las señales del deterioro y de la muerte, no macillado por la maldad, que vive en consecuencia perpetuamente, donde cada prodigio reitera y enfatiza la belleza y lo amable, es sobre muchas cosas una asunción de la vida como lo placentero o lo deleitable. Avidez lúdica de los sentidos, “Biografía de Honey” es un mundo hecho para producir placer. En él se ha expulsado el dolor y la tristeza. Mundo polícromo y sonoro que acoge como en un teatro alegre cada secuencia con el sentido de una celebración constante. Un mundo sin memoria, sin historia, sin tiempo, que es también el espacio de las metamorfosis para llevar de gozo en gozo al ojo y al oído y al tacto. Cada metamorfosis es una manera distinta de la vida, una pervivencia, cuyo último destino es el goce estético, el placer de la inteligencia, mediante la construcción o mostración de la verdadera realidad, el espacio del lenguaje, donde el poeta retoma el real destino para que fueron hechos los seres humanos: la plenitud.

Pasión por la metamorfosis, la “Biografía de Honey”, es un idóneo correlato para cotejar con el proceso de formación de la escritura de francisco de Asís, del que pienso, que efectivamente asume aquella sucesión de mutaciones, a través de una sistemática transformaciones formalizadas ya en la “Biografía”, es decir, parte del cumplimiento de su propia propuesta escritural.

Las preocupaciones casi inmediatas por el reconocimiento de la realidad social como realidad desequilibrada e injusta, sin correspondencia, percidibles en textos como “Los Dos niños” de su primer libro o “La señora Askew” de La Sangre Constante o los poemas con numeración romana de ese mismo libro y nombre, llenos de inquietud por un equilibrio y realización perdidos, o en proceso de recobrar, a través de maduraciones de la conciencia, no pueden si no referirnos a una preocupación propia de la poesía, de los poetas modernos, que han sido a lo largo de este siglo el afán por fundir poesía y realidad, o lo que es lo mismo hacer poesía la realidad y viceversa. De Asís nos proporciona En el cambio de las Estaciones esta utópica aspiración, que sin embargo es, nuevamente el intento de alcanzar, en la historia de un país y una sociadad concreta aquel mundo modelo, al menos en sus esencias básicas: armonía, correspondencia, gozo, maravilla feliz, construido en la “Biografía”, pero a través de la experiencia esperanzada de lo que habría de ser ese prodigio: el triunfo inicial de una revolución, que percibimos en la lectura de su poema “19 de julio”, significando la inauguración de una gran edad llena de esplendor. Revolución, y he aquí ahora la ironía, “inutil, como todas las inutiles revoluciones nicaragüenses”, para citar ese verso de “Revolución por el descubrimiento del Mar”, de Joaquín Pasos. Lo que en absoluto invalida esta sustancia romántica de su poesía.

Los textos de En el Cambio e Estaciones, son también el esfuerzo por suprimir las cerradas individualidades y ser el otro en comunión, venciendo la muerte a que nos condena el egoísmo, aquí en el tiempo, aquí en la historia. Metamorfosis que es simetría al fin y al cabo o correlato histórico que procura correspondencia con el inicial mundo feliz de la “Biografía de Honey”. Textos maculados de realidad temporal y espacial, pero a la vez alentados por el espíritu que son los poemas, y los poetas, los constructores de esa realidad, mutaciones obviamente de aquella poesía abstracta, ni espejo, ni pintura de la realidad social o natural, sino construcción independiente, que es “Biografía de Honey”.

Por su parte Pasión de la Memoria, contempla el pasado con nostalgia. “Mi vida es una inmensa carpa de circo/ habitada por el país de mi niñez./ Por el continente de mi padre./ Mi madre joven y bella corriendo tras la ardilla./ Mis hijos dulces y terribles igual que los sueños”. Pasado que es gozo, contrapuesto al presente, cuyo gozo está solamente en el Eros: “Soy el soberano de la república del Gozo/ y tu cuerpo es mi país de insólitas maravillas”. El lenguaje procura recapturar lo feliz y nuevamente asirlo en las posibilidades del amor, la familia y la poesía.

Hay un retorno abierto a la imaginación para romper los límites del tiempo a través del erotismo, la contemplación del deterioro y de la muerte. Para ello la recurrencia autobiográfica, el virtuosimo verbal, así como el tono irónico-amoroso, procuran dar la medida de la conciencia abocada a la simple e inagotable condición humana: “Porque soy débil pienso en la muerte”. Movimiento reflexivo que atempera los exceso de la imaginación y que tiende a considerar en las vidas consumidas de los hombres, en el anonimato que da el olvido, todas las posibles maneras de haber vivido, por ejemplo en “Lápidas”, esa variante del monólogo hamletiano, dedicado a Rogelio Ramírez. No obstante la visión no se enturbia por las irrupciones de la reflexión, cuando se asoma al inframundo, la ciudad de los muertos y en su centro percibe el árbol del Paraíso, que sugiere a la poesía misma, y esa mirada como la contemplación de sus poderes. Poderes que son los de hacer precisamente la plenitud de la vida.

Respecto a la propuesta poética inicial de francisco de Asís Fernández, que formalizó a través de un procedimiento de magia verbal, hecho de mutaciones o metamorfosis, aunque éste no retomó con posterioridad este recurso mágico, sino como subitáneas irrupciones de una variedad de textos, ha mantenido sin embargo su visión: la poesía es transformación continúa y sorpresiva. En ella y por ella, podemos construir y reconstruir la alegría, y satisfacer con plenitud la avidez o la necesidad de una percepción deleitosa o deleitable de la vida. No que ignore los sombríos lados de la existencia: dolor, olvido, muerte, vacío y sin sentido. Sino porque precisamente, la poesía saca partido de esos misteriosos rasgos del mundo desordenado y hacedor de la ironía para sobreponernos a nuestra perplejidad por el mal en la tierra, poniendo de manifiesto las posibilidades del arte como creador de realidad fuerte, imperecedera y en equilibrio que transforma en la escritura la realidad de este mundo. Sin embargo su visión inicial en estado poéticamente puro, da paso al tiempo y a la historia, al sobrecogimiento religioso y a la atracción científica y racionalista al zaherimiento irónico, a un escepticismo que lo aboca al autoanálisis, al autojuicio y a la valoración ética. Pero en el corazón de cada uno de esos cambios, el ideal sigue siendo aquel de la inocencia, perpetuo gozo de participación del poder de la vida y el reconocimiento apasionado del cuerpo, mágico y puro en la “Biografía”, pero en otros textos de perdición, y experimentación de todo exceso, de búsqueda inagotable, del placer y objeto del deseo, de comunión, de éxtasis, de cultura, de ornato, de lucha y de sueños, de paz y de padecimiento, de verdad, realidad para el reflejo del espejo, pero también para la proyección de la muerte, y la resurrección de la carne. El cuerpo, expresión visible de lo invisible, y camino visible para llegar a lo invisible.

Aquel mundo revelado en la visión de la “Biografía de Honey”: amor y correspondecia armoniosa del universo, donde cada cosa se hace otra para otro: la construcción o el logro de un mundo feliz. Este es el secreto que se reserva y revela en el apasionado discurso de sus metamorfosis, o en las metamorfosis de su discurso, y el marco ético y estético para sopesarlo todo y la visión que configura a francisco de Asís como uno de los poetas representativos de la generación de los años sesenta. Profundizar esta visión por el análisis detenido de los registros formales y otros afluentes constitutivos de su escritura puede ser también un aprendizaje. Sin embargo el tiempo nos constriñe y debo hacer silencio para oírle cantar con suavidad entre nosotros su canción.

Managua, 10 de mayo de 1995.