(Tres notas más de las trece notas escritas en el espejo de un artista )

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No importa, nunca ha importado ni creo que algún día importe quien, sin embargo algún entendido en derecho canónico aplicado a la literatura nicaragüense, afirma que la poesía de Chichí —llama que arrasa el mundo de la poesía escrita en la adolescencia o sobre los hechos constitutivos o declarativos de su esencia— se consume en sí misma, o no excede tales ámbitos. Más o menos, temperamental o lunático (ideático) el canonista no han entendido su propio canon. Hacerle reparos a la poesía de Francisco de Asís (dos nombres propios e impropios para un sultán del hedonismo) equivale a confirmarlo plenamente en el mundo de los jóvenes dioses; subirlo al carro de fuego; mecerlo en la brasa de los achicharrados en la fruta de la juventud; a censarlo en el universo de los elegidos; a encaramarlo —que es donde debe estar— en el firmamento de las estrellas y personas o extraños seres que siendo ambas cosas, aún después de fenecidas siguen enviando su luz a los habitantes de la primera y segunda residencia —a los ángeles excluidos. En una revista de modas hay un largo y sabroso listado de esas entidades varadas en tierra; por su extensión es mejor omitirla; aunque, desde luego, lo que se insinuaba con la discreción de las pequeñas rameras, es que Francisco de Asís Fernández, era (o es) un ser vacuo, frívolo, superficial; un histrión severamente atacado de dandismo; y que leer sus libros era como asomarse a la edición monumental de La gran cocina de Francia, en búsqueda de ideas filosóficas sobre los oprimidos y demás endriagos de ese fuste, o buscar a Cendrars en Saint Severin, y a Rubén en Madame Stael, o en el Duque de Saint – Simon. común, y por lo tanto del hombre en su verdadera complejidad y elementalidad, Espejo del artista está estructurado en un lenguaje simple, complejo, común y hasta hecho de lugares comunes, aspectos formales del texto que siendo importantes como lo son, no constituyen, al menos para mí, lo fundamental de este libro encaminado por el camino de Cioran en su capacidad de reflexión poética sobre el lado oscuro de la luna en el hombre. Y dudas no me caben, si Cioran hubiese escrito poesía, esa poesía, ese lenguaje trasmutado en lenguaje, no estaría muy lejos, pero sí muy cerca de ciertas sustancias que hoy destila y escribe Francisco de Asís Fernández Arellano, verdadero asceta de la pasión, heresiarca del cuerpo y cismático de la muerte.

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Y razones objetivas, las mejores razones socio-históricas no le faltan al canonista de la obra de Fernández Arellano para verlo, para intentar verlo como el monarca de la frivolidad. Ahí está su temporada en las deliciosas playas infernales de Puerto Rico; menos rumbosa, pero ahí está su infierno madrileño plagado por las cuevas de Luis Candela y los fantasmas de la Plaza Mayor; así mismo, se divisa su temporada en la odiosa Zona Rosa del México, DF; a lo lejos, y ni muy lejos, enseñan su chata cabeza las playas de Acapulco, Cuba, Martinica, Guadalupe y Trinidad-Tobago; se avizora una cierta temporada en los escasos museos de París, Bruselas, y quizás Dresden. Y sí eso fuera poco, ahí mismo, están los papeles del primer Señor de la Villa de Arellano, el padre fundador de lo que tres siglos después, serían los Arellano mestizos de Hispanoamérica. Sus antepasados se remontan a varias viejas familias de Granada, Nicaragua. Los Arellano Sequeira (descendientes de don Carlos de Arellano, gobernador de Nicaragua) y los Lacayo Bermúdez (descendientes de don Joseph Lacayo y Briones, otro gobernador de Nicaragua). Su genealogía es casi bíblica. Sotero Arellano engendró en María de la Paz Castillo y Guzmán, a Narciso, quien casó con Luisa Chamorro Sacasa ( y fue ministro general del gobierno de Juan Argüello que —en una de esas raras casualidades granadinas que en Nicaragua comenzaron en 1528— era su primo hermano y concuño, puesto que Argüello fue casado con una hermana de doña Luisa); procrearon a Luz, a la Santa Mamá Elena Arellano y a Faustino Arellano, quien engendró en Luz Sequeira Arellano, (su sobrina carnal), a David, Germán, Felipe María, Elena, Beatriz, y Narciso, quien engendró en Rosa Mejía Morales (nieta de Eulogio Morales) a Faustino Arellano Mejía, quien engendró en María Luisa Arana Lacayo, (hija de Justo Arana Lugo y María Luisa Lacayo Lacayo) a Rosa Victoria Arellano Arana, quien concibió de Enrique Fernández Morales, a Francisco de Asís Fernández Arellano —el artista en el espejo. Pasando rápidamente los ancestros de los Lacayo Bermúdez — Pastora Bermúdez de la Cerda y Fernando Lacayo y Agüero, desde el gobernador Joseph Lacayo y Briones— Chosme de Luisa Arana Lacayo, Fernando Lacayo Bermúdez (casado con su prima carnal Victoria Lacayo Argüello —y debe ser fácil saber por qué se llamaba Victoria) imprimía o acuñaba su propia moneda en París. Y así, uno encima del otro, se multiplicaron los peces y los capitales. Una hacienda de los Arellano del Castillo y Guzmán, o Lacayo Agüero, superaba con holgura las 60.000 hectáreas o caballerías de extensión. Otras de los Lacayo Bermúdez, abuelos de doña María Luisa Arana Lacayo, madre de Rosa Victoria Arellano Arana, madre del poeta Francisco de Asís Fernández Arellano, alcanzaban parecidas extensiones, —y obviamente, estaban situadas en Chontales. Su ganado vacuno o mular o caballar, nunca se pudo contar porque estando en eso se sucedía el próximo invierno. Además, el campista que más número sabía contaba hasta dos veces cinco, y eso, utilizando un ábaco —hecho con cabuya y semillas de guanacaste— que apenas sabía manejar. Los primeros ingenieros agrónomos de Nicaragua fueron cesados en esos latifundios. En realidad nunca les dieron trabajo. Cuando los potreros y encierros tienen esas dimensiones, todo ingeniero o topógrafo, incluido el padre de los ingenieros y los topógrafos, sale sobrando; sobran sus cálculos y sus agrimensuras. Honra y prez de tales posesiones nunca hubo en ellos un peón que supiera leer y escribir. No obstante, los Arellano, Faustino I, fundó el Grupo de la Montaña integrado por don Fernando Guzmán, y su hijo don Enrique, don Isidro Urtecho, y don José Dolores Estrada; el cual posiblemente fue, como se dice hoy, una especie de asociación sin ánimos de lucro, puesto que todos los lucros ya eran suyos o pertenecían a sus promotores; en definitiva, el Grupo de la Montaña, al parecer fue algo así como un ONG de carácter personal, y hasta posiblemente, sí se quiere, la primera tertulia o el primer circulo de intelectuales comerciantes; radicales conservadores; anticlericales católicos; militares apostólicos (milites Christi); granadinos romanos; unos verdaderos revolucionarios del establisment; a quienes ya reblandecidos del cerebro se les ocurrió mandar a estudiar a don Isidro Urtecho y a don Juan Ignacio Urtecho, a Filadelfia. Estas familias para quienes la expresión “acaudaladas” no tenía sentido alguno, financiaban gobiernos y revoluciones; desde luego, más gobiernos que revoluciones. En 1867 inventaron el “gobierno” de don Fernando Guzmán, y prácticamente, sus arcas diseñaron los gobiernos nicaragüense que van desde 1871 hasta 1893; don Evaristo Carazo (1887-1889) fue propuesto a la Presidencia de la República —otra vez la relación simbiótica entre hacendados, comerciantes y militares— por su consuegro don Faustino Arellano; y todo eso se hacía sin perjuicio de ejercer aquí, y en algunos países de Centro América las funciones que ahora competen al FM, al BID o al BIRF; así mismo, también fueron los banqueros holandeses de Nicaragua, no tanto por oportunismo financiero, sino más bien, por la imperiosa necesidad espiritual de servir a la misión civilizadora, entendida como la aplicación de los principios cristianos, apostólicos y romanos en los breñales del latifundio nicaragüense. En una palabra, los Arellano (y esto sin dubitativo alguno) fueron la ley del mercado financiero nacional y regional e incluso y hasta posiblemente, los “inventores” del empréstito personal que entonces se llamaba o lo llamaban de otro modo, según el modo del Canto Pisano número 45. Anotaciones rebuscadas en revistas y folletos y genealogistas, especialmente, en el incunable de doña Sara Luisa Barquero —en gratitud dedicado al Excelentísimo señor Presidente de la República de Nicaragua, General de División Anastasio Somoza García— estas ¡qué va! no agotan el tema. Familia, al parecer, regida por la matria, no tanto por el pater, la primera Arellano que vino a América fue doña Juana de Arellano a quien el escribano del bonete, conoció en las Cortes durante un viaje de placer y reclamaciones, en 1528. En menos de lo que canta un gallo se convirtió en su marido en uno de los más rumbosos matrimonios celebrados en las Cortes. La dama era nada más y nada menos que hija de don Carlos de Arellano, primo de Carlos V, y como sí eso no fuera suficiente, hermana del conde Aguilar, sobrina del duque de Béjar don Álvaro de Zúñiga y otras cosillas que entonces eran el encanto de los tiempos, el sofrito de la prosapia. Así la primera Arellano en América, fue la segunda esposa de don Hernán Cortés. ¿Y el primer pachuco de América, le habrá contado algo de lo que ocurrió en su vida y en sus amores entre 1514 y 1528? Nadie lo sabe pero la verdad es que la encerró en el Palacio de Cuernavaca, y le tuvo seis hijos. Cuatro mujeres y dos varones, entre éstos el Martín 1 del Naranjo o los círculos del tiempo. En busca de mozos casaderos y tierra americana abundante, le siguió La sin ventura, D. Beatriz, (ya sabemos que un raya negra tachó su nombre) pero la Sin ventura era sobrina de la dicha doña Juana, e hija del Duque de Alburquerque, don Beltrán de la Cueva. Desdichadamente no llegó a Granada y se quedó eterna al pie del Volcán de Fuego, la Gobernadora llorando a su Adelantado don Pedro de Alvarado. ¿Y don Pedro, le habrá contado algo de su vida en México, Guatemala, algo de su paso por Honduras, Perú y Nicaragua? No lo creo, aunque fue la primera madre adoptiva de un mestiza americana. De todos modos, dicen los expertos en genealogía o prosapia —esas cosas que antes significan apenas algo y ahora no significan nada, y a lo mejor nunca significaron nada, pero que alegran y entristecen el corazón del caído en la tibieza maternal de unas sombras— que no es difícil seguir las huellas de los Arellano hasta el año 1180, asunto que los convierte —cómo decirlo— en casi contemporáneos de Almanzor, de Guillermo de Tiro, de la toma de Jerusalén, de Fulko V, conde de Anjou y rey de Jerusalén o de Roberto el Borgoñón. No importa, no le hace como se quiera ver el asunto; pero este es el incierto y probable origen de los primeros Arellano, y de los primeros mestizos en América. Unos más negritos, otros más blanquitos, no importa. Lo único verdadero por muy recóndito que sea, es lo que existe, la sangre que nadie puede atajar en manera alguna. Lo demás, pertenece al arcón.

8 Su padre don Enrique Fernández Morales fue un estupendo poeta nicaragüense; quizás, mejor pintor que poeta, o viceversa. De todos modos en cualquier de sus formas de expresión, en él, pintor y poeta fueron mejor que poeta y pintor. Su pinacoteca en la Calle Real de Granada, y posteriormente en la casona de pretil esquinero —hoy convertida en bar y restaurante, demasiado caro para los bolsillos del hijo que sólo es poeta— fue el primer ambiente de Francisco de Asís Fernández Arellano. Allí transcurrió (aún transcurre) el alma de su niñez, infancia, adolescencia y post adolescencia. De forma que no es difícil comprender, someramente, la presencia, influjo o influencia de la pintura en su poesía —especialmente, un Rubens, acaso, inconsciente—; no es necesario, no se necesita recurrir al retorcido argumento de los tantos y tontos años transcurridos en los museos de París, esgrimido por algún poeta nicaragüense, y muchos hispanoamericanos; en litografías, pero buena parte de la gran pintura universal estaba en su casa junto a la mejor pintura de Nicaragua, incluida la de su padre don Enrique Fernández Morales, ahora todas ellas, por razones de pesos y centavos, descansando en el opulento bodegón del Banco Central de Nicaragua —lejos de lo que debería ser el nutriente de la Pinacoteca de Granada. Su casona en Granada, fue su Luovre, luego avivado por años de cotidianidad en el Museo del Prado. De allí proviene en Fernández Arellano, me parece, esa vocación por el dominio de la poesía como forma pictórica (rubensiana) hoy trasmutada en conciencia del lenguaje; cosa que incluso, ya se percibe en poemas tales como Biografía de Honney, o Mi primo Chale, y otros tantos —por no decir en todos ellos— escritos en la década del sesenta, a los escasos dieciséis o diecisiete años de edad; y cuyas citas intercaladas en estas notas harían las delicia de don Amado Alonso.

9 La apología de la “vanguardia” y la “vanguardia” misma dicen o decían que los “vanguardistas” se ufanaban por escrito y con publicidad, de pertenecer a las más ricas, prestigiosas y principales familias de Granada. En el contexto de Fernández Arellano, la afirmación se desploma. Uno de los dos principales exponentes de aquel movimiento, fue descendiente de un alto burócrata de dos gobiernos conservadores. Primero, Adolfo Díaz, y luego, Emiliano Vargas Chamorro. Y el otro, fue el primogénito de un prominente funcionario de esos mismo gobiernos, e incluso, del gobierno de José Santos Zelaya. La familia de su más connotado poeta, pertenece a la clase profesional de Granada. Si se quiere, todos ellos provienen de familias ilustradas (aunque habría que preguntarse de qué hablamos cuando hablamos de “familias ilustradas”) pero al fin y al cabo, eran descendientes de funcionarios de gobierno. Y esos gobiernos, a partir de don Fernando Guzmán, fueron el resultado de las maniobras político financieras de los Arellano en sus diversas ramas. Claro, ese capital ya no existe en los términos que aquí he referido (quizás no exista en ningún término) puesto que no hay capital agro-comercial o mono-exportador o añilero que aguante ciento cincuenta años de desayunos con vino blanco, y cenas con champaña rossé, todo sazonado, servido y tragado con mucha holganza; pero buena poesía y gran tradición económica juntas, en Nicaragua sólo la hay en las familias que de generación en generación trajeron hasta la cuna a Francisco de Asís Fernández Arellano. En realidad, éste (para que el asunto quede bien claro) en su tradición no tiene nada que envidiarle a los descendiente de la familia Huidobro, ni a los viñedos de Santa Vittoria, ni a Huidobro y sus chicas secuestradas y conducidas a París; mucho menos, a la familia de Adolfo Bioy Casares, cuyo imperio económico que tanto fastidió al joven Octavio Paz y tantísimo deleitó a la bella Elena Garro en las noches del Hotel George V, en la Place de la Vendôme, no excedió los límites de la Martona, una cadena lechera de su madre, en el Baire de los años’30. Y estos asuntos, aún cuando los capitales se conviertan en astros apagados hace millones de años-luz, dejan en los asteroides de los tataranietos o chombos o como se llamen, una cierta forma de ver, vivir y vislumbrar el mundo; aunque eso simplemente se llame caballerosidad, gentileza es decir don de gente; y pocas veces, y hasta posiblemente nunca tenga que ver con la calidad de la poesía ni con la poesía misma o el lenguaje en que se expresa la creadora de su propio lenguaje, sólo antecedido por la vida personal e intransferible de cada poeta, única sustancia o materia prima del lenguaje. En todo caso, esa es la gota generacional de la cual está hecha la vida de Francisco de Asís Fernández, no exenta, desde luego, de las pequeñeces y miserias dignas del hombre, o que siéndole propias, le dan su verdadera dimensión humana. Sus temores y esperanzas, sus pesadillas y ensoñaciones, lo que fue, lo que es, lo que no volverá a ser, o lo que nunca fue (excepto en unos papeles comprables en la bijoutería del cualquier genealogista) en sus textos dice tanto como el cauce seco de un viejo río. Por la lucidez de la poesía, el reino o el cauce seco que estaba para él, sigue estando allí. En realidad, toda poesía deviene del cauce seco o del reino convertido en asunto interior o interno.

10 En diversas ocasiones he dicho que la forma en la poesía de Francisco de Asís Fernández Arellano me retorna a la mujer adormilada en el iris de Rubens. Lo dicho entonces y ahora consignado de forma explicita es que sus formas poética en todos sus libros, en este y el que le sigue al otro, están ubicadas en la conciencia de una forma plástica que se expande y se contiene en la posesión y uso de otra forma: la conciencia del lenguaje; un lenguaje (casi una Gracia) que supera el vació del lenguaje, pero no su oquedad, justamente el hueco la punción por donde fluyen estos poemas desoladores en su encanto, o mejor dicho, encantadores en su desolación, abierta o encubierta. La poesía de Chichí es simple como la redondez y rotundez de unos pechos o nalgas o muslos o vientres trazados por Rubens; se sostiene en unos versos redondos, turgentes, elípticos, discoidales, oblongos, ovoidales que culminan en la voluptuosidad, en la sensualidad, en la carne y su cortejo de lascivia, sí no fuera que la generan, o que poesía y forma se auto generan. La voluptuosidad es sencilla (no simple) sólo tiene una forma de manifestarse, la de mostrarse así misma alejada del refinamiento predeterminado y propio de la cabeza, no del instinto, aunque finalmente, ella misma resulte el epitome del refinamiento. En alguna medida, Rubens, entre otras cosas típicas de su técnica sólo es, esencialmente, la sumatoria y la redondez corporal de sus desnudos, una cascada de dibujos al desnudo, incluso el mismos Rubens desnudo; es decir la voluptuosidad aquí y ahora, en la tierra; y quizás por eso mismo, su pintura, al igual que la poesía de Francisco de Asís Fernández Arellano (deliciosamente invadida por esas formas exuberantes, pero no ampulosas) resulta clara, diáfana, fácil de comprender, entender y sentir (especialmente, sentir) para quien la lee con alguna intención más o menos sana, o todavía conserva alguna capacidad para admirarse (ver con amor) lo que escribe un poeta aferrado a su sombra y sus destellos: unos textos lucidos y tal vez por ello mismo libres de la inteligencia parasitaria de la poesía compuesta por supuestos y presupuestos inexistentes en el texto mismo; que desde ahora derrumban algunas cosas muy caras al sentimiento de la poesía escrita en Nicaragua y su forma de verse y ver a Nicaragua en el Otro. Muy atrás queda la sensibilidad amatoria que mira a la mujer con los atributos de la hagiografía femenina; más atrás o más adelante, pero igualmente superada, duerme la pasión o la atracción escolar por unas chicas que nunca llegaron a niñas malas y mujeres perversas; de las jóvenes, apenas más que discretamente púberes, ya no hay huellas; la mujer vista como campeona y campista del trabajo casero y huertero, ¡hum!, sólo queda lo que el viento se llevó; y de la familia sentida como casa encendida, tampoco, mucho menos, nada queda. La navegación del hombre en torno a una mujer hecha a su imagen y semejanza un apósito para cocinar y zurcir; el vuelo solitario del hombre en derredor a Bice di Folco Portinari o Laura di Noves, extemporáneamente, ha cumplido su singladura en Nicaragua. El hombre nicaragüense visto como el Otro de la Otra vertiente socio-política o socio-cultural de este país, se ha derretido. El hombre nicaragüense visto únicamente como mestizaje o producto del esfuerzo criollo, se ha esfumado. El hombre nicaragüense perverso, autoritario y amañado por ser habitante de los mismos breñales colonizados por Pedrarias, ya no existe per se. En estos texto de Francisco de Asís y otros que, desafortunadamente, apenas circulan en la catacumba nacional, y de los cuales no es el momento de hablar, ni yo la persona adecuada para ello surge un hombre, una mujer, una casa y un ámbito humano cuya forma de ser en el mundo (diría un alemán) devienen esencialmente del ser humano, y no de la concreta especificidad nicaragüense; tal como ya lo había visto y escrito el falso pianista de Metapa. Intuyo, acción que no necesita el “creo sinceramente”, que eso se llama aportar a la poesía (un lenguaje que se dice diciendo algo) y esencialmente a la poesía escrita en Nicaragua.

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No me es inadvertido que algunas de éstas notas podrán exceder el ámbito literario, o simplemente, son extra literarias; ajenas a las técnicas contemporáneas de la critica literaria, de la cual, he oído decir, existen al menos unas 32 variantes. En 1960, Jean-François Revel señalaba que sólo para acercarse a cierto escritor francés, ya en 1955, habían unas 56 “nuevas escuelas criticas”, de modo que cada critico podía escoger la forma en que deseaba aproximarse al solitario de la medianoche, aunque se terminara hablando de la técnica per se y por si misma ajena al autor y su obra. El fenómeno de la “nueva critica”, obviamente, se ha multiplicado. Actualmente, en la panoplia de cada critico “serio y responsable” (matices que no existen en mi cabeza) hay un mazo y una baraja destinados a dar cuenta de cualquier autor, apoyado no en su propia sensibilidad, sino en su particular forma de entender y aplicar una “nueva técnica critica”. Puede ser. A lo mejor, quizás, tal vez, probablemente, quien sabe, a lo mejor y tengan una cierta razón; pero resulta que la poesía como la vida, según me parece recordar, sigue siendo indivisible. Se sabe cuantos órganos componen el cuerpo humano, incluso se les puede aislar; pero ni la suma ni la separación de esos órganos constituye la vida (ni la poesía) por encima de su nivel biológico, y escritural, aun cuando esto se llame o le llamen critica impresionista. “Antístenes aconsejaba a sus discípulos que no aprendieran a leer. Tenía razón. No se aprende a leer.”

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Sin importar mucho lo que digan Revel, o Antístenes, la belleza de una rosa, un rayo de sol, una gota de sangre dispersa en millares de venas, el canto de las aves y la belleza de la poesía son la misma cosa. El mismo signo. La misma página. Al leer nos convertimos en enredadera. Simple lector, al escribir estas notas, he querido indagar de adónde viene esa planta que florece en Francisco de Asís Fernández Arellano. “Agarremos una hoja de papel y una muchacha, un muchacho, un niño, un anciano, un enfermo, un enamorado, un cicatero, etcétera, ¿qué hacer a fin de que tal hoja de papel se convierta para ellos en objeto de belleza, placer, deseo, horror, espanto, pesadumbre, melancolía?”. La pregunta se la formuló Louis Scuténaire, y hasta donde lo sé, no dio respuesta alguna. Yo tampoco tengo la respuesta. No existe esa respuesta. Pero según mi entender, puede andar por las cosas que escribe Chichí y otros ángeles caídos, sí se tiene la humildad, la altivez y la audacia de leerlos en su vida y en su obra. Y aunque a veces se pueda aplicar la asepsia del destornillador, en alguna manera, la obra es inseparable de lo que fue y del modo en que fue la vida de su autor. El mejor y el peor de los versos nace de una vida que proviene de múltiples vidas. Diviso criterios encontrados, pero no veo razón que impida asomarse —sin pretensión definitoria— a la poesía de Fernández Arellano, avizorada con tal catalejo.

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En la noche de su vida, una luz negra, intensa, reconcentrada y brillante — todavía muy distante de la extinción corporal— lo veo ensangrentado por los objetos y personas que uno debe suponer agitaron (algún día) el amor, la pasión, la tristeza y la nostalgia en el languente corazón de Francisco de Asís Fernández Arellano. Al leerlo como lo he leído yo, un cierto cioranismo la duda mordaz ante el escepticismo como negación del escepticismo no está de más, al acercársele; ayuda a Cioran, a quien poco y hasta posiblemente nada puede ayudarle en el mundo donde se encuentre; ayuda un poco a entender el espíritu de Francisco de Asís; y ayuda muchísimo a comprender que sólo el amor-pasión desvanece —en la imaginación, y quizás en el alma— toda roñería humana. Cioran y Fernández Arellano, en cierta manera, en algunas cosas, dicen lo mismo sobre ciertas zonas de la podredumbre humana: si alguna palabra no prevalecerá contra el hombre en cualquier parte del universo, esa sólo puede ser la palabra (o gesto silente) enemiga del amor, exornado, únicamente amasado y horneado por la mujer en su hombre como hoy dice uno que bajó de Ciudad Antigua, en Nueva Segovia.

Domingo, 17 de marzo de 2003.

Querido poeta Francisco de Asís Fernández: Como no sé si lo encontraría en su oficina, escribí esta carta para adjuntarle unas notas (usted ya tenía conocimiento de ellas) escritas en el espejo de un artista que, por consiguiente, sólo pueden ser leídas o entendidas o vistas (como la tela en el Conde Lucanor) por quien quiera verlo como a mí me parece que lo he visto. Por supuesto, las imágenes que uno puede ver en un espejo (en su espejo) son infinitas y hasta imposibles de ver. De manera, que otras en mi cabeza, mejor dejémoslas allí. Ya habrá oportunidad de sacarlas. Casi las toco con la yema de los dedos que es mi única forma de pensar; aunque por ahora me parecen un poco metidas en mis propias huellas dactilares. Gracias por los agradables red label de la otra tarde. Saludos a.Gloria.

 

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