¡Tienes otro e-mail!¡Tienes otro e-mail!

 

Casi extraído del Corán, y no de la Biblia , el velo impuesto por el escritor sobre la mujer sujeto del poema, cansaba y entristecía. A mí, aún me cansa y entristece porque fundamentalmente, es falso y, peor aún, inexistente, deformante y cegato. Ahora, quizás en los últimos diez o veinte años; no sé si de manera consciente, deliberada o simple cosa casual -luego de la intuición reconocida en la Ana Ilce Gómez, y de la pasmosa audacia de la Gioconda Belli- comienza a resurgir en la literatura nicaragüense la mujer-mujer, incluso y especialmente por encima del festejo corporal. Me parece percibir una mujer enfundada en su traje de luz y sombra; asida hasta las últimas consecuencias, únicamente, a la condición de su signo. A su esplendor y a su ceniza. La presencia de esa mujer-mujer se avista con toda nitidez en tus últimos poemas igual que se toca en otros poemas de Carola Brantome, o en La mujer que olvidó el amor, de Anastasio Lovo, eso por señalar dos contemporáneos en tu dirección. Nuestras adorables Luisiras siguen creciendo. Pasan de la adolescencia candorosa a la plena pasmosa deleitable madurez. Del raso tafetán al intrigante medio luto, del luto entero al transparente blanco Cartagena, del suculento apetecible exterior al marasmo de la complejidad interior. De nuevo asoman Herodías y Salomé. Del ombligo para abajo empieza la danza del molusco que ofrece la cabeza de los juanes.

Una vez en los viejos Chilaquiles de la Zona Rosa en Managua: “mire, poeta, yo no tengo culo de novelista. Diez horas frente a una máquina de escribir más diez en la barra de un bar, me volverían más dundo de lo que ya soy”. Okey. Vos has encontrado en el poema tu forma de hacer novela “no más altas que una media. ¡Cosa paradójica! ¡Transgresión mortal! ¡Escándalo en la familia! Eso para quien vea a simple vista. O para quien vea con el ojo que duerme. Encaramados en la torre de la preceptiva literaria nadie entenderá nada. Además, nunca ha entendido nada. En tu escritura de ahora, poema y novela no son términos antitéticos. Una novela es un poema. Un poema es una novela. Te lo digo yo. No quiero citar los apotegmas de Mister Faulkner, cazador de lolita; mucho menos los de Papá Hemingway. Todos apestan a Jack Daniels y Moët Chandom. Además, dicen la misma cosa.

Y si tal aseveración no fuera suficiente, fijate en esta minucia. Durante los últimos cincuenta o setenta años la novela (especialmente la norteamericana y luego la hispanoamericana) ha hecho poesía, ensayo, cine, teatro, periodismo y hasta libro de recortes periodísticos dentro de la novela misma. Revisá tu ejemplar de Manhattan Transfer. Revisá a la santa del negrito. Por lo demás, todos los elementos de la novela (la ciudad y su habitante amarrados por un sólo hilo) están en estos poemas tuyos dedicados a la reducción y ampliación de la novela. Sin perjuicio de su misterio desde cualquiera de sus páginas, se puede avistar el cruce de calles y personajes que fundan esta nueva relación de un viejo actualísimo mundo de caídas y ascensos. Cosas todas muy metidas en vos y la ciudad que vive dentro de vos. Nada de ciudad deshabitada. Por el contrario, el uno habitado por la otra, un total aquelarre esto es lo que veo en vos; pasos trotando en la memoria azuda por la vida. Al carajo con la manito temblorosa: ¡Here was Granada!

En estos primeros siete o nueve poemas vos has vislumbrado un nuevo-viejo imaginario para tu escritura. Personas verdaderas con una vida verdadera en un sitio verdadero que, extrañamente, sólo existen en la manera que existen en vos, y en definitiva, en tu escritura. Conducido por tu propia mano has encontrado (porque estas cosas no se inventan) un nuevo espacio para la poesía. Granada y su gente. La vida de una gente en una ciudad. Una gente y una ciudad que posee una historia personal soterrada por el imperio de la necedad. Una historia y una gente totalmente ajena a su tullida historia colonial y poscolonial. Gratuidad de la poesía, te estás topando con un nuevo Fulton County. Es decir, con un nuevo Paterson. Imaginarios reales que a su vez son una nueva Troya. Una nueva Ítaca. Te estás topando con una nueva forma de la epopeya. Esto es lo que vos llamás “hacer novela en el poema”.

Al fin y al cabo, la epopeya despojada de sus nombres griegos o latinos, es lo que hoy se llama novela. Crónica de nosotros en nuestro tiempo. No lo dudo (porque ya hay vestigios en esos primeros poemas), esa gente encontrará que su historia personal cruza la historia no oficial de una ciudad arrancada a la lepra colonial. Tan desollada como su propia gente. Aun más, la ciudad y su habitante encontrarán que están hechos del imbatible necio polvo, de pasiones, odios, encuentros y desencuentros. De todas aquellas minucias que dan al hombre cotidiano su discreta auto categoría de ser humano.

Por varias razones es posible que no llegue a conocer el final de tu libro ni siquiera su nombre. Sin embargo (aunque existe San Francisco del Río, o Juigalpa dos sitios en la América imaginaria de Nicaragua; aunque todo poema y todo poeta es un imaginario poético cerrado en sí mismo) vos estás construyendo, sacando a luz, el primer espacio imaginario de la poesía y la novela nicaragüense con nombre y vida propia. Su condición de lugar existente dentro de latitudes y longitudes absolutamente precisas, habitado por gente común y corriente, no lo sustrae al encanto de lo real rebasando su realidad para readquirirla en el plano de la irrealidad. En estos poemas tuyos la Granada manida -al infierno con la búsqueda del Estrecho Dudoso- se encuentra con su verdadera realidad que sólo puede ser lo irreal (lo permanente) arrancado a su contingencia.

Cuando te pongan en el sepulcro, al ratito nadie recordará quién fue la Chavela Mora , la María Luisa Arana, la Irma Prego , la Tina , o la Flor. Y aunque hablen de sus pantorrillas, de los Studebaker, de las lunas biseladas, de la alfombra persa machucada por los peregrinos católicos, y aun de la fabulosa vida que alumbran aquí y ahora, sólo estarán hablando de la mujer-mujer que vos rescataste de la realidad para darle otra realidad. Su verdadera irrealidad. Su única existencia. Habrán resucitado para siempre en tu poesía, cosa que no ofrece la resurrección de los evangelios. El don de la vida eterna aquí en la tierra se manifestará según las florecillas de Francisco de Asís, un descocado del Siglo XX.

Mirá, Chichí, éste es un cuento viejo, un refrito, algo más que el fiambre que yo comí el último fin de semana. Cosa de nunca acabar. No existe la división de los famosos géneros literarios. Hay una simple razón, no existen los géneros literarios. Hay otra razón, no existe lo literario. Por eso y lo demás, sólo existe el acto de escribir. La persecución del signo. Sólo existe lo que vos estás escribiendo. Y ¡por favor! no me hagás hablar del grado cero de la escritura ni del fundido, parcial o total, ni de los “actantes” de la “narratología” según estén fuera o dentro del “texto mismo”. Es cosa que no entiendo muy bien. Tendrías que platicarlo directamente con Cervantes y Saavedra que tampoco lo entendía.

Creo que ya me he demorado bastante en esta carta que no es ni carta ni ensayo ni tiene notas al calce mucho menos bibliografía. He demorado mucho en algunos aspectos a la vez que omití otros que demandan atención en tus nuevos poemas. Creo que me excedí y hasta me perdí -cuando toco el tema, afortunadamente, me pierdo- en el asunto de la mujer, y propiamente, en la cosa de la mujer en la literatura nicaragüense; igual veo que no he dicho mucha cosa “sabia” sobre el lenguaje; por ninguna parte asoma la explicación justa del habla como identidad personal; no dudo que todo esto haya quedado más o menos inconcluso; ni siquiera esbozado, apenas señalado como le corresponde a un simple e-mail.

Yo no soy el mejor espiritista de nadie. Pero sé que te tienta la idea de fusionar tus nuevos poemas con Espejo del artista. Siempre se puede ensamblar cosas. Ensamblar, en una técnica apropiada si genera el resultado esperado. Y aunque se puede, no creo que debás integrar estos poemas en Espejo del artista. La razón estética radica en la inevitable ruptura que sufriría la unidad de ese libro. Ruptura que, incluso, afectaría al nuevo libro. ¡Apártate de la tentación! Claro, debía haberlo dicho antes. Pero dándolo por entendido, casi lo omito.

Estos nuevos poemas tuyos enriquecen tu obra anterior, no una obra tuya en particular, como no sea tu particular obra. Irradian una luz que se trasmite como en las estrellas, de uno a otro libro. Iluminan el sendero del navegante. El pasado y el presente. Cada libro en la vida de un escritor, ilumina su YO. Lo vuelve más suYO. Cada libro, cada espejo suyo le devuelve su YO en otro azogue. Es más, si leyeras Espejo del artista, agregándole los nuevos poemas, el cambio del ritmo y del biorritmo, indican que estos dos libros no son fundibles. Se trata de dos cuerpos vitales y verbales más o menos diferenciados. Fusionarlos, daría un endriago con tres cabezas, cinco brazos y una pierna en la giba. Una especie de clonación fallida. Mameluco en vez de molusco. No creo en la poética, pero en esto la Epístola a los Pisones, tiene una parte de razón. La otra la tiene Picasso. Pensar en Horacio pero actuar según Pablo, quizás no sea una mala idea. Por lo demás, todo escritor escribe un sólo libro. Y nunca termina de escribirlo.

Abrazos,

Managua, 02 de marzo de 2004