También sobre la obra de Francisco de Asis Fernández
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Querido Francisco:

He leído y releído tus últimos poemas. Los he gozado. Me han dado alegría. Han enriquecido mi forma de ver la vida personal o la visión que pueda tener sobre mi propia vida, que al fin y al cabo, no me parece ni tan mía ni tan personal. Creo que igualmente enriquecerán la vida particular de cualquier lector. Entiendo que la clave de su autenticidad (de su autorizada, genuina y legítima calidad) es precisamente la capacidad de evocarnos en tu propia evocación. Desde sus primeras publicaciones en el suplemento cultural de EL NUEVO DIARIO, me ha llamado la atención esa “otra” forma tuya de evocar. Obviamente, va más allá de recordar o traer a la memoria. Incluso, transgrede la acepción “conjurar”. Agrega al sentido original de la palabra evocar, otros que ésta nunca sospechó. La trasmuta en un signo hecho de jubilo + admiración + fundación + memoria. La transforma en lo que vos llamás “pasión de la memoria”. Avistada desde la infancia, o la adolescencia, o la madurez (observatorios que en vos superan el símbolo del satín postal, o del oxido ferroso de la verja sepulcral) en tus nuevos poemas la vida personal del adulto se trasmuta en signo cifra de un mundo de purezas e impurezas. De esplendores y obscuridades. De brasas y carbones. De hastíos y pavos reales “que se mueren en la tarde”. De sombras y luces reducidas a la ceniza intrascendente del hombre. Mundo derruido que, paradójicamente, es recuperado por tu poesía para darle su vida eterna. La vida eterna del poema. Por eso mismo, se trata de una escritura que encierra y trasciende el mundo que la origina. Y puede que a pocos y hasta muchos no les interese lo que dice el poema. Puede que prefieran la maravillosa levedad de la forma o el lenguaje. Y hasta puede que piensen: una cosa no es posible sin la otra. Ningún mundo es posible sin un lenguaje que lo transmita. En estos nuevos poemas tuyos hay ambas cosas. El mundo que borroso me parece entrever está sustentado (alimentado), se sustenta (toma su alimento) de un lenguaje espontáneo, directo, desenfadado, vivo, que sólo vive en vos. Siendo un lenguaje diferente al de tus otros libros, extrañamente, es el mismo lenguaje en otra entonación. Sólo lo mismo personal tiene la capacidad de ser diferente. Lo diferente proviene de la misma voz personal. La voz personal y su lenguaje no es una máscara. Ni se quita ni se pone. Metamorfosis, se muda, se transmuta. En un momento de su oficio el poeta adquiere un lenguaje que encierra infinitos lenguajes. Y cada libro saca de allí su nuevo lenguaje. Incluso, los cinco poemas de un libro cualquiera poseen un lenguaje distinto, pero igual en su origen y distinto en su propósito. Esto, posiblemente, ocasionará perplejidad en el lector ya acostumbrado a oír las otras entonaciones de tu estructura poética. Sin embargo, cuando los lean como un corpus total, esa impresión desaparecerá. Estas nuevas tonalidades lo llevarán al único centro de tu lenguaje. Comprenderán que toda voz es polifonía. Pluralidad. Diversidad. Incluso, disparidad. Insistir más sobre tal asunto me parece inoportuno.

Lo habitual durante el siglo recién pasado (¡y vaya qué plato de baba!) fue ir del poema a la novela. De la poesía a la narrativa. Las habilidades y los mundos de la poesía han enriquecido a la novela. El oscuro universo de la poesía (entre más diáfana más oscura, entre más fácil más difícil) ha iluminado el camino de swann, el mundo de guermantes, la sombra de las muchachas en flor. Toda fugitiva proviene de un poema. Sin poesía no hay Maga ni Talita Oliver. Es la poesía en manos del novelista la que posibilita el lector que ido se quede boquiabierto ante tres rosas amarillas, o se aquerencie con la alcohólica y sofisticada Holly, ya no se diga con Nora y Jenny asidas a la pizpireta mano de la Djuna Barnes. Salvo el tratamiento de la escritura, yo no veo ninguna diferencia en el fulgor de estas mujeres y la Chavela Mora. Originarias de Granada, Nicaragua, Irma Prego y María Luisa Arana Lacayo son la misma mujer que con asombro y encanto miran y gozan los lectores de otras literaturas. Cuando la Carretera Panamericana era sólo una trocha, en qué pensaba la “intrépida solitaria que manejaba su Studebaker desde Canadá hasta Granada hablando con sus muertos...”; “...en la noche nebulosa de su vida” en qué pensaba esa mujer. Acaso volvía a las tardes de velero en el Támesis junto a los dorados jóvenes de su adolescencia. Me temo que sus pensamientos (todo lo que procede de ese mundo) trascienden el “ropero de lunas biseladas hasta el tope de cuentas” honradas por su padre para cubrir “12 años de mala educación (...) en Inglaterra”. La atracción oscura o luminosa, el aura de santas endemoniadas de Holly, Nora y Jenny, igual reluce en los ojos que yo le conocí a la June Beer , o tal vez a la Melba Debayle. Perversa o candorosa, esa descocada capacidad de asombrar, es la misma que Juan Aburto y Carlos Martínez Rivas encontraron en la Eunice Odio. Y qué decir de la tal Yadira en el barrio Amón de San José, Costa Rica. Chicas malas, mujeres fascinantes, fantasmas de la Ángela Carter, yo las veo asomadas a una ventana granadina. Omito referirme en detalle profundo a los varones que mencionás en tus nuevos poemas. Pero Faustino Arellano Mejía “una gran industrial amante de muchos amores” es todo un epitome, el botón de muestra de la caprichosa vida vivida en una ciudad “mosquita muerta”. Concluida una de las tantas lecturas de tus nuevos poemas, aún escuchó “el fervor religioso de los primeros paganos” católicos apostólicos y romanos nicaragüenses. Los veo arrodillados ante “una alfombra mágica” altar de pezones rosa, entonando bulerías al ritmo de la panderetera faraónica Carmen Anaya y sus Gitanas. Omito los nombres de esos varones porque vos ya los menciónate; vida de distinto rumbo y distinto fin, leyéndote, me parecen marcados por la moneda humana del adjetivo y su antónimo. Además, no me gusta hablar del garañón católico en la literatura. Los ulises y los héctor me dan sueño. Adoro a las casandras y a las helenas. El queso gauda lo tengo atiborrado de mujeres. En cualquiera de sus versiones, sólo me interesa la mujer.

La verdad, aquí en Nicaragua hay un filón que el daríologo oficialista, paleográfico y hasta reseñero aún no percibe. La mujer como molusco, como celeste carne de la mujer prácticamente desapareció de la literatura nicaragüense con la muerte de Rubén. Él la trajo y él se la llevó. Incluso, cuando Joaquín Pasos murió en el 47 o en el 48, su intuición de esta vieja-nueva mujer, ya daba la impresión de estar matizada por una cierta visión católico-matrimonial de la mujer. En el 58, cuando don Salomón (que mucho y muy bien sabía de estas cosas) se fue entre las manos de Fernando Silva, en París, ya era demasiado tarde para retornar a la mujer-molusco de Darío. José Coronel Urtecho la había convertido en una galería de jóvenes rubicundas amanzanadas y vaporosas muchachas de eterna juventud. Pablo, les agregó, en 1928-1935 les había agregado el marianismo. Algo así como el lado oscuro y libidinoso de Claudel. Toda mujer fue canción de pájaro y señora. Desapareció la mujer, y llegó el marianismo. El terco apostólico y romano Cabrales, que más adelante sufriría el ácido corrosivo de la celeste carne -profundo dariano-, tampoco reconoció y, mucho menos, aceptó esa herencia. Después, desde antes llegó la poesía talámica. La teología católica borró el delito capital o el cuerpo del delito -la cosa en qué o con qué se ejecuta el delito. Casi toda la literatura nicaragüense (salvo rarezas, EMS) se quedó sin mujer, sin celeste carne de la mujer. Sin nada que en alguna forma recordara las connotaciones profundas del molusco animal. No es accidental que (al final de los años 60) casi toda la literatura nacional estuviera surcada por muchachas mil veces abocetadas como simples muchachas epigramáticas. Muñequitas ajenas a su naturaleza o condición humana. Y si posteriormente hubo alguna transgresión en el canon literario nacional, inicialmente ésta fue la mujer explorada por la mujer como escanciadora gozosa de nuevos vigores dispersos. La alegre delimitación de la función reproductiva, junto a la gozosa abrumadora y brumosa mancha de mariposas amarillas en las anfractuosidades del cuerpo. En fin, la negación del molusco como simple receptáculo machista en el más turbio y abismal sentido.

Managua, 02 de marzo de 2004