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Un poeta aferrado a su sombra y sus destellos
(Últimas cinco notas de las trece escritas en el espejo de un artista)
Como no sé si lo encontraría en su oficina, escribí esta carta para adjuntarle unas notas (usted ya tenía conocimiento de ellas) escritas en el espejo de un artista que, por consiguiente, sólo pueden ser leídas o entendidas o vistas (como la tela en el Conde Lucanor) por quien quiera verlo como a mí me parece que lo he visto. Por supuesto, las imágenes que uno puede ver en un espejo (en su espejo) son infinitas y hasta imposibles de ver. De manera, que otras en mi cabeza, mejor dejémoslas allí. Ya habrá oportunidad de sacarlas. Casi las toco con la yema de los dedos que es mi única forma de pensar; aunque por ahora me parecen un poco metidas en mis propias huellas dactilares.
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La apología de la “vanguardia” y la “vanguardia” misma dicen o decían que los “vanguardistas” se ufanaban por escrito y con publicidad, de pertenecer a las más ricas, prestigiosas y principales familias de Granada. En el contexto de Fernández Arellano, la afirmación se desploma. Uno de los dos principales exponentes de aquel movimiento, fue descendiente de un alto burócrata de dos gobiernos conservadores. Primero, Adolfo Díaz, y luego, Emiliano Vargas Chamorro. Y el otro, fue el primogénito de un prominente funcionario de esos mismos gobiernos, e incluso, del gobierno de José Santos Zelaya. La familia de su más connotado poeta, pertenece a la clase profesional de Granada. Si se quiere, todos ellos provienen de familias ilustradas (aunque habría que preguntarse de qué hablamos cuando hablamos de “familias ilustradas”), pero al fin y al cabo eran descendientes de funcionarios de gobierno. Y esos gobiernos, a partir de don Fernando Guzmán, fueron el resultado de las maniobras político financieras de los Arellano en sus diversas ramas. Claro, ese capital ya no existe en los términos que aquí he referido (quizás no exista en ningún término) puesto que no hay capital agro-comercial o mono-exportador o añilero que aguante ciento cincuenta años de desayunos con vino blanco, y cenas con champaña rossé, todo sazonado, servido y tragado con mucha holganza; pero buena poesía y gran tradición económica juntas, en Nicaragua sólo la hay en las familias que de generación en generación trajeron hasta la cuna a Francisco de Asís Fernández Arellano. En realidad, éste (para que el asunto quede bien claro) en su tradición no tiene nada que envidiarle a los descendientes de la familia Huidobro, ni a los viñedos de Santa Vittoria, ni a Huidobro y sus chicas secuestradas y conducidas a París; mucho menos, a la familia de Adolfo Bioy Casares, cuyo imperio económico que tanto fastidió al joven Octavio Paz y tantísimo deleitó a la bella Elena Garro en las noches del Hotel George V, en la Place de la Vendôme , no excedió los límites de la Martona , una cadena lechera de su madre, en el Baire de los años 30. Y estos asuntos, aún cuando los capitales se conviertan en astros apagados hace millones de años-luz, dejan en los asteroides de los tataranietos o chombos o como se llamen, una cierta forma de ver, vivir y vislumbrar el mundo; aunque eso simplemente se llame caballerosidad, gentileza es decir don de gente; y pocas veces, y hasta posiblemente nunca tenga que ver con la calidad de la poesía ni con la poesía misma o el lenguaje en que se expresa la creadora de su propio lenguaje, sólo antecedido por la vida personal e intransferible de cada poeta, única sustancia o materia prima del lenguaje. En todo caso, esa es la gota generacional de la cual está hecha la vida de Francisco de Asís Fernández, no exenta, desde luego, de las pequeñeces y miserias dignas del hombre, o que siéndole propias, le dan su verdadera dimensión humana. Sus temores y esperanzas, sus pesadillas y ensoñaciones, lo que fue, lo que es, lo que no volverá a ser, o lo que nunca fue (excepto en unos papeles comprables en la bijoutería del cualquier genealogista) en sus textos dice tanto como el cauce seco de un viejo río. Por la lucidez de la poesía, el reino o el cauce seco que estaba para él, sigue estando allí. En realidad, toda poesía deviene del cauce seco o del reino convertido en asunto interior o interno.
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En diversas ocasiones he dicho que la forma en la poesía de Francisco de Asís Fernández Arellano me retorna a la mujer adormilada en el iris de Rubens. Lo dicho entonces y ahora consignado de forma explícita es que sus formas poéticas en todos sus libros, en éste y el que le sigue al otro, están ubicadas en la conciencia de una forma plástica que se expande y se contiene en la posesión y uso de otra forma: la conciencia del lenguaje; un lenguaje (casi una Gracia) que supera el vacío del lenguaje, pero no su oquedad, justamente el hueco —la punción— por donde fluyen estos poemas desoladores en su encanto, o mejor dicho, encantadores en su desolación, abierta o encubierta. La poesía de Chichí es simple como la redondez y rotundez de unos pechos o nalgas o muslos o vientres trazados por Rubens; se sostiene en unos versos redondos, turgentes, elípticos, discoidales, oblongos, ovoidales que culminan en la voluptuosidad, en la sensualidad, en la carne y su cortejo de lascivia, si no fuera que la generan, o que poesía y forma se auto generan. La voluptuosidad es sencilla (no simple) sólo tiene una forma de manifestarse, la de mostrarse a sí misma alejada del refinamiento predeterminado y propio de la cabeza, no del instinto, aunque finalmente, ella misma resulte el epitome del refinamiento. En alguna medida, Rubens —entre otras cosas típicas de su técnica— sólo es, esencialmente, la sumatoria y la redondez corporal de sus desnudos, una cascada de dibujos al desnudo, incluso el mismos Rubens desnudo; es decir la voluptuosidad aquí y ahora, en la tierra; y quizás por eso mismo, su pintura, al igual que la poesía de Francisco de Asís Fernández Arellano (deliciosamente invadida por esas formas exuberantes, pero no ampulosas) resulta clara, diáfana, fácil de comprender, entender y sentir (especialmente, sentir) para quien la lee con alguna intención más o menos sana, o todavía conserva alguna capacidad para admirarse (ver con amor) lo que escribe un poeta aferrado a su sombra y sus destellos: unos textos lucidos —y tal vez por ello mismo— libres de la inteligencia parasitaria de la poesía compuesta por supuestos y presupuestos inexistentes en el texto mismo; que desde ahora derrumban algunas cosas muy caras al sentimiento de la poesía escrita en Nicaragua y su forma de verse y ver a Nicaragua en el Otro. Muy atrás queda la sensibilidad amatoria que mira a la mujer con los atributos de la hagiografía femenina; más atrás o más adelante, pero igualmente superada, duerme la pasión o la atracción escolar por unas chicas que nunca llegaron a niñas malas y mujeres perversas; de las jóvenes, apenas más que discretamente púberes, ya no hay huellas; la mujer vista como campeona y campista del trabajo casero y huertero, ¡hum!, sólo queda lo que el viento se llevó; y de la familia sentida como casa encendida, tampoco, mucho menos, nada queda. La navegación del hombre en torno a una mujer hecha a su imagen y semejanza —un apósito para cocinar y zurcir; el vuelo solitario del hombre en derredor a Bice di Folco Portinari o Laura di Noves, extemporáneamente, ha cumplido su singladura en Nicaragua. El hombre nicaragüense visto como el Otro de la Otra vertiente socio-política o socio-cultural de este país, se ha derretido. El hombre nicaragüense visto únicamente como mestizaje o producto del esfuerzo criollo, se ha esfumado. El hombre nicaragüense perverso, autoritario y amañado por ser habitante de los mismos breñales colonizados por Pedrarias, ya no existe per se. En estos textos de Francisco de Asís —y otros que, desafortunadamente, apenas circulan en la catacumba nacional, y de los cuales no es el momento de hablar, ni yo la persona adecuada para ello— surge un hombre, una mujer, una casa y un ámbito humano cuya forma de ser en el mundo (diría un alemán) devienen esencialmente del ser humano, y no de la concreta especificidad nicaragüense; tal como ya lo había visto y escrito el falso pianista de Metapa. Intuyo, acción que no necesita el “creo sinceramente”, que eso se llama aportar a la poesía (un lenguaje que se dice diciendo algo) y —esencialmente a la poesía escrita en Nicaragua.
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No me es inadvertido que algunas de estas notas podrán exceder el ámbito literario, o simplemente, son extra literarias; ajenas a las técnicas contemporáneas de la crítica literaria, de la cual, he oído decir, existen al menos unas 32 variantes. En 1960, Jean-François Revel señalaba que sólo para acercarse a cierto escritor francés, ya en 1955, habían unas 56 “nuevas escuelas críticas”, de modo que cada crítico podía escoger la forma en que deseaba aproximarse al solitario de la medianoche, aunque se terminara hablando de la técnica per se y por sí misma ajena al autor y su obra. El fenómeno de la “nueva crítica”, obviamente, se ha multiplicado. Actualmente, en la panoplia de cada crítico “serio y responsable” (matices que no existen en mi cabeza) hay un mazo y una baraja destinados a dar cuenta de cualquier autor, apoyado no en su propia sensibilidad, sino en su particular forma de entender y aplicar una “nueva técnica crítica”. Puede ser. A lo mejor, quizás, tal vez, probablemente, quien sabe, a lo mejor y tengan una cierta razón; pero resulta que la poesía como la vida, según me parece recordar, sigue siendo indivisible. Se sabe cuántos órganos componen el cuerpo humano, incluso se les puede aislar; pero ni la suma ni la separación de esos órganos constituye la vida (ni la poesía) por encima de su nivel biológico, y escritural, aun cuando esto se llame o le llamen critica impresionista. “Antístenes aconsejaba a sus discípulos que no aprendieran a leer. Tenía razón. No se aprende a leer”.
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Sin importar mucho lo que digan Revel o Antístenes, la belleza de una rosa, un rayo de sol, una gota de sangre dispersa en millares de venas, el canto de las aves y la belleza de la poesía son la misma cosa. El mismo signo. La misma página. Al leer nos convertimos en enredadera. Simple lector, al escribir estas notas, he querido indagar de dónde viene esa planta que florece en Francisco de Asís Fernández Arellano. “Agarremos una hoja de papel y una muchacha, un muchacho, un niño, un anciano, un enfermo, un enamorado, un cicatero, etcétera, ¿qué hacer a fin de que tal hoja de papel se convierta para ellos en objeto de belleza, placer, deseo, horror, espanto, pesadumbre, melancolía?”. La pregunta se la formuló Louis Scuténaire, y hasta donde lo sé, no dio respuesta alguna. Yo tampoco tengo la respuesta. No existe esa respuesta. Pero según mi entender, puede andar por las cosas que escribe Chichí y otros ángeles caídos, si se tiene la humildad, la altivez y la audacia de leerlos en su vida y en su obra. Y aunque a veces se pueda aplicar la asepsia del destornillador, en alguna manera, la obra es inseparable de lo que fue y del modo en que fue la vida de su autor. El mejor y el peor de los versos nace de una vida que proviene de múltiples vidas. Diviso criterios encontrados, pero no veo razón que impida asomarse —sin pretensión definitoria— a la poesía de Fernández Arellano, avizorada con tal catalejo.
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En la noche de su vida, una luz negra, intensa, reconcentrada y brillante —todavía muy distante de la extinción corporal— lo veo ensangrentado por los objetos y personas que uno debe suponer agitaron (algún día) el amor, la pasión, la tristeza y la nostalgia en el languente corazón de Francisco de Asís Fernández Arellano. Al leerlo como lo he leído yo, un cierto cioranismo la duda mordaz ante el escepticismo como negación del escepticismo no está de más, al acercársele; ayuda a Cioran, a quien poco y hasta posiblemente nada puede ayudarle en el mundo donde se encuentre; ayuda un poco a entender el espíritu de Francisco de Asís; y ayuda muchísimo a comprender que sólo el amor-pasión desvanece —en la imaginación, y quizás en el alma— toda roñería humana. Cioran y Fernández Arellano, en cierta manera, en algunas cosas, dicen lo mismo sobre ciertas zonas de la podredumbre humana: si alguna palabra no prevalecerá contra el hombre en cualquier parte del universo, esa sólo puede ser la palabra (o gesto silente) enemiga del amor, exornado, únicamente amasado y horneado por la mujer en su hombre como hoy dice uno que bajó de Ciudad Antigua, en Nueva Segovia.
Domingo, 17 de marzo de 2003
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