Laudatorio de Francisco de Asís Fernández

¿De qué tamaño es el mundo? Me pregunto cada cierto ciclo, de estos ciclos que te hacen sentir que la vida se emancipó del torbellino y crujió en ascendentes pasos. En cada ocasión se revitalizan. Atrás quedan amores, recuerdos y rencores. Por delante brota de una fuente inagotable la poesía con nuevas pasiones, fe y confianza de estar vivo. El tamaño del mundo es del tamaño de la poesía. Todo pasa. Solo la poesía queda. Un viento de espíritus pasa muy lejos desde mi ventana y de vez en cuando reposan en ella. Emprenden la marcha al paraíso, atienden al llamado del Canto de Guerra de las Cosas, porque la última y perenne piedra es la poesía. Pasó Roma y pasaron sus legiones, pero sobrevivió Catulo y Propercio. Y todavía se puede decir al compás de Safo desde Lesbos:

la dulce joven bella,
por quien tú tantas veces
tiernos suspiros dabas,
hoy a tus brazos viene;
no envidies a los dioses,
si tu ventura entiendes.

Prosas Profanas son, en este siglo XXI, una presencia que arrebata las mentes, inquieta sensaciones y provoca vida perdurable. Los poderes bajo los que se escribieron estos poemas pasaron y sobrevivió la poesía. El mundo es de ese tamaño: las dimensiones de la poesía. La poesía vive la época y el canto la evoca. Todo lo demás fue comparsa que permitió la marcha triunfante con claros clarines de la poesía.
Francisco de Asís Fernández es hijo de un tiempo lejano que no envejece. Francisco es hijo de una generación que tuvo poesía, música, revoluciones, aunque se desgarre el alma y se lastime frente al tiempo:

Desapareció mi juventud y ahora tengo miedo de creer.
Desaparecieron mis amantes y los pañuelos de seda,
¿Y a mis sesenta años me pregunto qué soy por dentro?
¿El hijo poeta de un matrimonio destrozado?
¿O parte de un sueño del tamaño de las montañas nicaragüenses,
De un generación que será como una huella en la arena
con un testamento de muertos, tiranos y ladrones? (Veo fotografías de mi vida. 2005).

Sólo los poetas son capaces de autodestruirse y de renacer en la poesía que nunca será cenizas, sino cimientos para regenerar el mundo.
Francisco no ha legado un arte completamente nuevo, sino una visión nueva del mundo amatorio, y a la vez, del mundo poético. Lo inició desde joven y sin turbarse lo ha continuado en la madurez.
Edwin Illescas uno de los poetas más ilustrados de nuestra generación, le confiesa:
“en tus nuevos poemas la vida personal del adulto se trasmuta en signo cifra de un mundo de purezas e impurezas. De esplendores y obscuridades. De brasas y carbones. De hastíos y pavos reales “que se mueren en la tarde”. De sombras y luces reducidas a la ceniza intrascendente del hombre. Mundo derruido que, paradójicamente, es recuperado por tu poesía para darle su vida eterna. La vida eterna del poema. Por eso mismo, se trata de una escritura que encierra y trasciende el mundo que la origina. Y puede que a pocos y hasta muchos no les interese lo que dice el poema. Puede que prefieran la maravillosa levedad de la forma o el lenguaje. Y hasta puede que piensen: una cosa no es posible sin la otra. Ningún mundo es posible sin un lenguaje que lo transmita. En estos nuevos poemas tuyos hay ambas cosas. El mundo que borroso me parece entrever está sustentado (alimentado), se sustenta (toma su alimento) de un lenguaje espontáneo, directo, desenfadado, vivo, que sólo vive en vos”.

La poesía corre su propio camino y Francisco la ha llevado de la mano vestida de colores, desde los espacios siderales hasta los más profundos espacios de la intimidad sustantiva. Es el hombre revelado, desbordante de luces manifiestas a través de colores y sensaciones. Sentimientos agitados en cada verso.

En su última poesía lo invade una ola de reflexiones pesimistas:

“Siento que mis mejores años me abandonaron
Así como un avión deja el aeropuerto
para irse a una orilla lejana donde se desvanecen las ideas y las ilusiones” (Cuando la poesía desciende hasta mis manos)

A pesar del pesimismo, a contramarcha la solemnidad se impone en las actitudes de Francisco y el ser desbordado de la poesía después de llenar ríos, lagos y mares con la suya se trajo la poesía del mundo a su mano y organizó el evento de mayor trascendencia como jamás de había visto en Centroamérica: el Festival Internacional de la Poesía en su Granada de la infancia y sus primeros amores. Con cuerenta países participando casi doscientos poetas en atrios, escalinatas, escuelas, calles y bocacalles, pueblos aledaños, cada rincón del departamento de Granada lleno de la poesía universal en el sentido más simple geográfico del término. Todos los continentes representados y todos los poetas nicaragüenses participando en recitales que parecen manifestaciones, y recitales con más gente que cualquier manifestación política. Y la gente sentada de pie o reclinada contra los muros, religiosa y poéticamente escucha y con entusiasmo se aplaude a la palabra dicha en cualquier idioma, con el sonido y la música de idiomas lejanos y cercanos. Cada recital como que fuera un auto sacramental. Casi lo es si no fuera porque con frecuencia el motivo del canto es precisamente y exactamente dirigido a lo profano.

El parto de Francisco de Asís Fernández Arellano pudo darse en cualquier rincón de este universo mundo, sin embargo fue en San José de Costa Rica, durante el exilio de su padre, amigo y devoto de una monjita de María Auxiliadora, a quien se le ocurrió envolver al recién nacido en una bandera de Nicaragua. Me refiero a la ahora beata Sor María Romero.
Francisco posee el don del permanente retorno a la infancia:

Para el niño que soy
Quiero una antigua canción de cuna,
Manos de bálsamo que curan y tejen desagravios…

Ningún poeta nicaragüense ha tratado tan profunda y constantemente el tema de la muerte. La muerte como idea transversal atraviesa todo la poesía de Francisco. La niñez y la muerte marchan de la mano:

Es que los muertos jamás se van para siempre.
Viven en una aparición escapada de la memoria
En el río incontenible de aguas amnióticas,
Y en las fotografías en blanco de soledad y negro de tristezas.

En su vida de lucha se ha dado a plenitud: desde jugarse el físico hasta teorizar en diferentes posiciones políticas. Nada le es desconocido. Todo le ha importado y siempre lo ha dicho con una perenne inquietud de patria y de destino, con la que podremos estar o no de acuerdo. Desde el altar de la poesía que acunó su infancia se integró a un grupo de muchachos poetas: Los Bandoleros de Granada en 1962. En la misma ciudad que fue capital de la Vanguardia, bajo el impulso juvenil y el empuje de su padre Enrique Fernández. Su casa era una casa de poetas, a todos los grandes poetas nicaragüenses de mediados del siglo XX, Francisco los conoció en su casa. Y luego él, se casó con la poeta: Gloría Gabuardi y lleno su casa de arte y fue a su vez una casa de la poesía.

Su obra publicada es la presencia de su paso atento, militante, tanto de la política como de la poesía. Una primera etapa se inicia con su libro de poemas A principio de cuentas, (1968). Editado en México con ilustraciones de José Luis Cuevas. La sangre constante, (1974). Y una tercera, anunciando la entrada a su madurez, con un título anatémico: En el cambio de estaciones,(1981). Una cuarta en Pasión de la memoria (1993). Es la plenitud de la poesía, la suya y la de su generación; de ahí en adelante se convierte en una especie de emblema, por su fidelidad a la poesía, de la poesía generacional y se convierte en el poeta por excelencia de nuestra generación, la generación más abundante de poetas: la de los sesenta. La Generación que cambió el mundo y su sentido de la estética. Francisco contribuyó a crear esa nueva concepción del mundo y sus encantos. Del mundo y sus angustias. Todo fue nuevo desde entonces. Algunos sucumbieron. Otros se adormecieron. Pero Francisco tomó la bandera y la mantiene en alto. Enhiesta, como se dice en los discursos patrióticos escolares. Friso de la poesía, Árbol de la vida, Celebración de la inocencia tres libros plenos y más poemas publicados en revistas, suplementos, o páginas electrónicas. La poesía viva.
Francisco vive por la poesía, de la poesía, en función de la poesía, como actitud vital y razón existencial de ser. Ser poeta en Francisco es el ser ante todo.

Toda la obra de Francisco de Asís Fernández está marcada por la sensualidad, aun cuando se refiere a la infancia y a la muerte.

Jorge Eduardo Arellano, su compañero de armas como “bandolero” granadino escribió un artículo: “CHICHÍ: Aristósofo del binomio cuerpo-alma”

“No he conocido a nadie, entre mis coetáneos, que haya recibido el hipocorístico más fiel a su personalidad, a su inocencia de niño: Chichí. Hipocorístico, o sea abreviación afectuosa de nombre propio, en este caso de Asís, derivado de la pronunciación infantil- que lo identifica no sólo entre sus numerosos amigos, sino también en un ámbito mayor, casi a nivel nacional. E incluso ha repercutido en el orbe cristiano y musulmán, proyectando uno de los vocablos más representativos de la lengua nicaragüense y su raíz nahua.

Pero el niño de hoy, vástago único de mi prima en segundo grado Rosita Arellano, era en los primeros años 60 -cuando compartimos la catapultante aventura de la rebeldía estética, bajo la dirección de su padre- el vivo ejemplo del artista adolescente. Entonces lo retraté como el poeta de los chico-bien y el chico-bien de los poetas, recitando en la radio y en el parque, dibujando desnudos y perfiles actuando en teatro y noticieros cinematográficos, zapateando mejor que un andaluz en las fiestas de la diz que aristocracia, planeando comedias musicales, arreglando la biblioteca paterna, leyendo a Leon Bloy y a Stanislawsky, hablando de arte en las galerías y salones de Managua.

Todo es recuerdos y presencia de una vida intensa, con una poesía vital para el siglo XXI, manantial de agua clara, pero de escarpada montaña, porque para beber de su luz es necesario estar atentos. La poesía de Francisco es de constantes referencias intelectuales: paso a paso, letra a letra. Para leerlo es necesario tener el ojo limpio y la mente amplia para atrapar cada partícula de su pensamiento. Se pasea desde la palma infinita de las rutas astrales, hasta las aventuras del deseo irracional del regreso a Ítaca. De la Galaxia a la mitología, desde los amores profundos a las angustias existenciales, desde las calles de Granada a las calles del mundo. Todo es uno. Todo es un constante escudriñar de los motivos de las voces interiores. El verso exacto construido a punto de átomos: la luz de la poesía.
Bienvenido a la Academia Nicaragüense de la Lengua, Francisco de Asís. Bienvenido con tu Elogio de la Poesía, que es el canto constante de nuestras raíces y de nuestro intelecto. En nosotros: los hombres y mujeres de la generación de los sesenta que ahora construimos el siglo XXI y no paramos de crecer.

 

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