“FRISO” de francisco de Asís o los enigmas
del alma enamorada
Francisco de Asís Fernández (Granada, Nicaragua 1945), es un poeta que tempranamente dio con «Biografía de Honey», una de las notas más altas de la poesía nicaragüense. Este poema ha sido antologado, traducido y celebrado por la crítica nacional e internacional. Pero también se ha llegado a la festinada audacia de pretender etiquetar a su autor como poeta de un solo poema. En las
variadas circunstancias de la poesía, donde encontramos a un Jorge Luis Borges que desea ser recordado por unos cuantos versos, escribir a temprana edad un texto político memorable no es nada deleznable.
La pasión por lograr una poesía producto de significativas y ricas circunstancias personales en situaciones de una historia nacional adversa y desafiante, es un elemento sustancial en los textos de Francisco de Asís Fernández, concretados por la inspiración, con originalidad y autentica belleza. Una poesía de deseo e instinto por celebrar el amor, la vida, la palabra, la lucha revolucionaria y que en su afán de darse en pleno vuelo de libertad, ha comprometido más de la efectividad necesaria. Pero esos límites textuales los vive y los marca el autor y no la lectura crítica, que generalmente los advierte inmersa en otro tiempo histórico y padeciendo otras circunstancias personales. Así lo he aprendido en una lectura de algunos de sus libros: «A principios de cuentas» (México, 1968), La sangre constante (Managua, 1974), «En el cambio de estaciones» (Managua, 1980) y «Friso» (Managua, 1996),
En «Friso de la poesía, el amor y la muerte altorrelieves/bajorrelieves». (Serie literatura, Colección Cultural, Banco Nicaragüense, Managua, 1996), con bellas ilustraciones del Maestro Orlando Sobalvarro, que merecen estudio aparte; la escritura de Francisco de Asís Fernández ha adquirido la madurez reposada y espléndida de un mosto añejo. La voz que buscaba savia original, ha ascendido a la cumbre del árbol, madurando unos frutos espléndidos, translúcidos, brillantes. El ímpetu juvenil que asombrosamente se manifestaba en claroscuro, duermevela y umbral ahora fructifica en el jardín, pendiendo como un mango apodíctico y gravitacional.
La poesía de «Friso» es una condensación contenida sobre la belleza de la poesía, el amor y la muerte, El juicio implacable, certero, absoluto, en fin, apodíctico, gobierna los versos nacidos de la pasión del corazón. En este texto no hay excesos ni desperdicio. La mirada se desplaza al sereno ritmo de un cuadro de Mantegna.
«Friso» se estructura en cuatro temas capitales de la poesía universal, bajo los títulos de Ars Poética/profesión de fe (I y II); Ars amandi (I, II, III); Ars moriendi (I y II); y En el Jardín (I y II). Estos cuatro temas vitales y fundamentales en la existencia del ser humano: la poesía, el amor, la muerte y el paraíso, son las columnas que posibilitan la existencia unitaria del Frisco, como imagen arquitectónica o textual. Pero estos temas columnares no son estáticos, tejen una red textual de elementos polivalentes y dinámicos, que le confieren a esta escritura una bella superficie y una honda profundidad.
En la primera sección, Ars Poética (I y II), el hablante lírico hace su profesión de fe en la poesía, entregándonos una visión cósmica de ella y consustanciándola con el amor: «Hacer el amor/es hacer el alma de la poesía:» (...) Una concepción trascendente de la poesía-amor que relativiza negativamente a la política y al poder: «(...) la política es estéril,/ seca el pozo dulce de la fecundidad/ de las plantas y de los animales,/ destroza entre sus dedos la mística/ del amor del hombre y la mujer,/ hace tiranos y ladrones».
Ars Amandi, es un magnífico canto del amor como libertad, poesía y deseo. Sin abandonar lo apodíctico de un mosto otoñal, Francisco de Asís Fernández, recrea con pasión una geografía del amor, a partir de la visión cósmica de objetos cotidianos como los lechos, las sábanas, y los cuerpos que el poeta transmuta en fuego magmático, volcánico y dulces aguas inmensas: «La cama es el firmamento./ Y la sábana es el espejo del cielo». (...) «Haciendo el amor reconozco mi origen ígeneo;/ y en la masa de la selva gris azul de la memorial/ las edades y épocas de la naturaleza,/ las sequedades y humedades/ del pasado y del futuro:/ la evaporación de las masas líquidas/ de mis aguas y mis sueños como un ángel ascendiendo/ para transformarme en un muerto eterno:/ en un planeta iluminado».
En Ars Moriendi, el poeta cavila sobre la inevitabilidad de la muerte, hace de la muerte una bella costumbre poética del ser humano occidental y trabaja con esplendor el tema de la escisión entre alma y cuerpo caro a nuestra cultura: «El cuerpo queda come un palacio despojado/ vacío de si mismo, solo, oscuro, deshabitado./ Todo desarraigo es doloroso, y el cuerpo/ es la patria del alma./ Como un matrimonio bienavenido/ mi alma mi cuerpo se van pareciendo el uno
otro con los años./ Se van seduciendo y traicionando,/ dándole cobija al amor, al rencor, al perdón, y la piedad./»
Pienso es pertiente, citar dos espléndidos versos de cierre de Ars Moriendi, contundentes, pictóricos y distantes que rematan con efectividad implacable esta sección. Estos versos con virtualidad de bisagra son la enunciación plácida de la última sección. En el Jardín, cito: «Mantegna pintó el «Tránsito de la Virgen»/ con la naturalidad y frescura del amor y las flores./».
La poesía, el amor y la muerte conducen a un jardín, a un espacio místico y metafísico del texto. El arribo a un locus ideal, donde cualquier escisión, alma cuerpo, recobra su unidad, su trascendencia y su divinidad, donde de todo se renueva con la pureza donde el amor se constituye en el mito del eterno retorno: «Aquí los amantes son sólo labriegos del amor/ que siembran afanes limpio y cortan disidias./ Insomne y sosegado sobrevivo a la liturgia del frenesí de las caricias/ enriqueciendo la genealogía de la dicha./»
|