Francisco de Asís Fernández o la nostalgia
permanente del Paraíso
La vida y el goce de vivir, la glorificación de la carne y sus arcanos recónditos, la epifanía de la materia y su memoria que se pierde en las oscuras edades astrales y geológicas, es el tema constante y permanente de Francisco de Asís Fernández, poesía que es memoria apasionada fluyendo transparente y caudalosa como un agua antigua acarreando magmas, erupciones, flujos, mareas, crepitaciones, gritos, escándalos y silencios. La memoria como un mecanismo activante y reactivante del dseo. Visión de la pureza y la impureza, lo sagrado y lo profano, lo corporal y lo espiritual en sensual dialéctica enriquecedora.
FRISO: de la poesía, el amor y la muerte, obra de reciente creación en donde la percepción de las corrientes subterráneas de la vida engendra un ritmo suelto y expansivo, una energía auroral y espectral a la vez, paradisíaca e infernal, celeste y terrestre, genésica y escatológica, teológica y erótica, inicial y terminal, alegre y fúnebre: un verso elocuente y sapiente que discurre como cántico filosófico o cosmogónico: “vivo hipnotizado por la magia de un magnetismo animal y espiritual en la corteza enfriada de la Tierra”.
Desde sus primeros poemas, reunidos bajo el titulo de A principio de cuentas (libro publicado en México con dibujos de José Luis Cuevas), hasta sus actuales Frisos del amor, la poesía y la muerte (1995), pasando por la rebelión existencial de La sangre constante y el testimonio político y sed de utopía de En el cambio de estaciones, es la Vida y su selva de símbolos sus interioridades y exterioridades lo que mueve esta poesía exuberante, exultante y exaltante, sincera y confesional, libérrima y suelta, romántica y neoclásica a la vez, pues hay que advertir a sus futuros estudiosos que, pese al pathos romántico que preside su inspiración y génesis, su dicción, su discurso es claro, transparente, con la soltura y severidad de los clásicos, sobre todo en los poemas escritos a partir de 1983, año en el que el poeta experimenta un cambio fundamental en su visión del mundo, distanciándose del corset ideológico, por un lado, y del corset de la poética de código cerrado, epigramática e individualista. Es la percepción de las oscuras corrientes subterráneas de la Vida la que le imprime energía y ritmo a una escritura apasionada que ha desembocado en los bajorrelieves y altorrelieves de sus Frisos de reciente creación: su “Ars poética”, su “Ars Amandi” y su “Ars Moriendi”. Esta percepción es la que le da a esa música suelta y peculiar, ese tono elocuente y sapiente que se funde a veces el discurso filosófico e incluso científico como el de Ernesto Cardenal en su Cántico Cósmico, pero sin las ambiciones ideológicas integracionistas y catedralicias de éste.
¿Un poeta neoclásico? Sí, un poeta neoclásico pero con alma romántica, como los españoles Luis Cernuda o Jaime Gil de Biedma o nuestro esplendoroso Salomón de la Selva. Neoclásico, romántico, pero también bíblico y whitmaniano, y barroco, pues a veces su elevado erotismo místico y teológico nos recuerda al inglés John Donne. Así, dice en su «Ars Poética»: “El orden de la Divinidad/ es el orden del infinito./ Los cuerpos celestes son juglares errantes,/ como los poetas entre los hombres/ y la música es la armonía de las constelaciones./ El cielo infinito es el escenario/ de su danza y de su canto./ El cielo es incorrupto como la poesía”.
O, en su «Ars amandi»: “La cama es el firmamento/ y la sábana es el espejo del cielo./ Los cuerpos de los amantes somos las cordilleras/ en la inmensidad inconmesurable/ de una geografía de paisajes de ríos y montañas/ de un cuarto cerrado”.
No exagero al decir que esta exaltación de la Vida y el amor está presente en los poemas de una adolescencia granadina, en donde el paraíso, como muy bien señala Fanor Téllez, se configura a partir de la perspectiva de un proceso de metamorfosis, una metamorfosis concertada, tal como lo percibimos en «Biografía de Honey» “Cuando Honey se despierta sobre sus almohadones rosados/ llega la mañana cantando hasta su cama/ y se convierte en canario al darle los buenos días./ Ella se convierte en alpiste de oro/ y el canario picotea sus labios nutritivos”.
Francisco de Asís es un poeta obsesionado por el diálogo entre el alma y el cuerpo, lo fisiológico y lo etéreo. El eje central de este libro es el universo visto como una cosmogonía idílica, como un incesante ritual de sangre, agua, esperma, sal y cenizas en donde los sentidos atónitos del lector perciben la explosión de los planetas fundiéndose, apareciendo y desapareciendo, matéricos, ígneos, pero llenos de contenido humano. “Los cometas errantes son juglares con un destino de tristezas,/ La ola es la sabana en esta cama inmensa/ que tiene mar, marea, luna, infinito, puesta de sol y constelaciones”. El cuerpo en su dimensión atómica y molecular: “Todas las noches nuestros cuerpos son una masa; una extraña forma compuesta por estrellas emitiendo energía”.
Más allá de las verdades de la filosofía y la ciencia, más allá de la lucha de los hombre por el Poder y las razones de la Historia, se encuentra la Poesía, invención milagrosa, primigenia revelación que el poeta identifica con el Amor y con el cielo, recordándonos a Novalis: El cielo es incorrupto como la poesía. prolongando así la tradición romántica, simbolista y surrealista. En Friso, este canto de robusto y sostenido ritmo nos muestra el universo como una sagrada selva, un escenario en donde todo esta dispuesto para el roce y los efluvios de la carne, para el concierto fecundo y armónico entre el amor y la poesía. Poesía y amor que desembocan, siguiendo un insoslayable orden litúrgico, en la muerte, perfección eterna, según el poeta, dejando “al hombre íngrimo frente al espejo/ propio e imborrable de su vida, como una isla sola”. En este nuevo reto de su escritura, el poeta de La Sangre Constante y Pasión de la memoria nos muestra un espacio ondeante de luz y sombra, día y noche, fulgor y tiniebla, anverso y reverso, sabiduría, piedad, sensualidad, exaltación y sacramento.


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